La conversión de McNamara

«Nací el mismo día que Elvis Presley y David Bowie, pero mi infancia no discurrió ni en el Missisipi ni en Brixton, sino en el barrio de Ciudad Pegaso». Así empieza la memorable biografía del compositor, músico y pintor Fabio MacNamara de mi amigo Mario Vaquerizo. La historia de un tipo que protagonizó la movida en los ochenta y que actualmente pasa las horas muertas frente al Sagrario. Los hombres queremos ver todo blanco o negro, pero –como dice Mario– existen el gris perla, el gris marengo, el topo y el azafata. Si diésemos crédito a nuestros ojos, tal vez no nos partiríamos siempre la cara unos a otros. De pequeño, Fabio bordaba con placer y en el instituto se cardaba el pelo y escuchaba música dodecafónica; después pasó a las plataformas, las cazadoras de raso, los corsés de cuero y el glam. Decoró la mítica discoteca Ku de Ibiza, hizo cine con Pedro Almodóvar, pintó, cantó, escribió música. En medio, empezó con porros y tripis y acabó hasta el cuello: «Sentí que estaba a punto de morirme y tuve muy claro que de allí no me sacaba nadie más que Dios. Y así fue. Me dijo: Tienes que pasar todos estos días, son días de purgatorio. Los enfermos son gente que se está purificando porque la enfermedad purifica los pecados». Rezó y rezó el rosario y aconteció el milagro. Muchos dicen que McNamara se ha vuelto loco, pero Fabio, sencilla y extrañamente, ha encontrado a Cristo, porque Dios es Dios y abraza a quien quiere. McNamara –que se puso ese nombre artístico por una película– siempre ha sido libre y auténtico, siempre ha dicho cosas incómodas: «Que no me digan a mi que en la época de Franco se comían a los maricones crudos porque yo habría estado siempre en la cárcel. Si no se ha vivido esa época, la gente puede creer esas leyendas negras que se sacan los rojos y los hipitruscos de que los curas se comían a los niños crudos». Quien tenga miedo de ver las fotos de un tipo con tanga verde de látex, no puede leer la «Fabiografía» de Vaquerizo, pero quien quiera repasar los extravagantes e interesantes caminos de un artista original, tiene aquí su oportunidad. Desde la madurez de sus 56 años, Fabio es un interesante ejemplo de evolución: «Todas las cosas tienen su parte buena y su parte mala. Todo llega en su momento y se va en su momento. Todo son lecciones en la vida. Hasta que vas aprendiendo». Hasta que vas aprendiendo.