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La dimensión moral del fútbol

Tiempo de lectura 2 min.

12 de julio de 2016. 16:51h

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Lucas Haurie 12/7/2016

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La victoria de Portugal en la final de la Eurocopa redobla la vigencia de este artículo porque las ideas resplandecen mejor cuando no las eclipsa el brillo cegador del éxito. Lusófilo desde que tenía uso de razón, este veraneante profesa una antipatía sin matiz hacia Cristiano Ronaldo, enorme futbolista de insoportable arrogancia, de modo que el triunfo de los vecinos occidentales fue motivo de regocijo doble por su advenimiento sin la estrella en el césped. Desde cierto 25 de abril, saben los portugueses que es mejor encomendarse a un grupo cohesionado que a un caudillo ególatra y este título, sellado por el anónimo Éder, había de recordárselo. Otro gran triunfador, sin embargo, es Didier Deschamps, seleccionador subcampeón que hoy lamenta su derrota futbolística, mas no tardará en percatarse de la hazaña ética lograda. Dirige no en vano a la selección del país de Albert Camus, futbolista antes que escritor y muñidor de la idea del deporte como escuela moral. El profesionalismo pervierte esa función, desde luego, pero la exclusión de Karim Benzema y el éxito del equipo que prescindió de su inmenso talento refuerzan la tesis de que el atleta, al menos cuando representa a su nación, debe ser ejemplar. Hasta pintadas amenazantes en su casa hubo de soportar un técnico a quien han llegado a acusar de racismo. A él, capitán de la Francia black-blanc-beur (traducción: negro-blanco-moro) campeona mundial en 1998 y que alinea a una media de seis jugadores de origen africano por partido. El gitano Gignac, criado en una caravana y casi autor del gol del triunfo, suplió a Benzema, quien debutó como internacional en 2007 y jamás logró pasar de cuartos. Un racista, sí. Hubo quien dejó como titular al cliente-amiguito de un repugnante proxeneta y se fue a casa en octavos.

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