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La (poca) fuerza del PSOE-A

Tiempo de lectura 2 min.

22 de mayo de 2017. 21:50h

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Lucas Haurie 22/5/2017

La historia reciente del PSOE ha deparado cuatro grandes batallas por el liderazgo: Almunia versus Borrell, Zapatero versus Bono, Rubalcaba versus Chacón y, acaba de ocurrir, Díaz versus Sánchez. En tres de ellas, la federación andaluza votó masivamente por una opción, que al final fue... la perdedora. Sólo en el golpe de mano de 2000, cuando Alfonso Guerra se adhirió a última hora a la Tercera Vía para comerle la merienda al cacique manchego, fue decisivo el voto de la organización que concentra, más o menos, un cuarto de la militancia. Pero los propagadores de mitos son inasequibles al desaliento, nada permeables a los datos y la próxima vez, ya lo verán, volveremos a leer eso de que «sin Andalucía, es imposible gobernar el PSOE». La segunda leyenda desmontada por estas primarias atañe directamente a la presidenta de la Junta, autoproclamada heredera de la estirpe vencedora del socialismo sureño pero volteada por el primer morlaco bravo al que se ha enfrentado. La cornada tiene dos trayectorias, ha afectado a los órganos vitales y el pronóstico es crítico: en su feudo, donde pretende atrincherarse, ha cosechado menos votos que avales y la distingue con su ojeriza un tercio de los militantes, un ejército de quintacolumnistas que, ahora sí, recibirán munición en abundancia del estado mayor de Ferraz. A un porcentaje por determinar de los leales, para colmo, los ataba a Susana más el miedo que la afinidad. ¿Se atreverán a cambiar de bando ahora que han comprobado que el ogro no es tan fiero? Algunos analistas han atinado con el diagnóstico más certero, y cruel, de la tragedia: ha perdido contra el peor candidato posible. O sea, que ha perdido porque nadie la quiere y muy poquitos la soportan. En Madrid, como de costumbre, no se habían enterado de nada.

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