«La Saeta Rubia»: un hombre con empeño

Solía ir yo, con gran parte de la familia, a un restaurante llamado «Frontón II», y allí, algunos domingos estaba comiendo en una larga mesa de veteranos del fútbol el gran Alfredo di Stéfano. Un día me acerqué a saludarle, y al presentarme me contestó: «¡Pero qué bueno, así que tú eres el gran Tamames! Mi hijo habla continuamente de ti: es economista y ha devorado tus libros». Desde aquel día, siempre que nos encontrábamos, como se dice coloquialmente, «pegábamos la hebra», y nos quedábamos hablando un buen rato de cualquier cosa. Especialmente de la situación económica en España o en Argentina. En los tiempos de Di Stéfano, cuando se calzaba las botas y consiguió cinco copas consecutivas de lo que hoy se llama «Champions», para el Real Madrid, yo le tenía poca afición al fútbol. Estábamos absorbidos por las presiones políticas de una España de Franco, que había entrado en el desarrollismo, y en la cual la salida a la democracia se presentaba más que difícil. Después, ya con la Constitución del 78 vigente, me he convertido en un seguidor del Real Madrid a través de la tele. Y siento como cosa propia los éxitos y los fracasos, así como el sufrimiento de mi amigo Florentino, domingo tras domingo, en el palco, en Madrid, o en cualquier otro estadio. En esas idas y venidas siempre me causaba admiración el gesto enérgico de Alfredo, hasta sus últimos años ya, en los que el corazón le había comenzado a fallar. Recuerdo la carta con que me contestó, todavía desde el hospital en Valencia, con una frase que me llegó al alma: «Mira, Ramón, tú aún eres joven, disfruta de la vida». Él sí que disfrutó, desde luego. Y más aún si sus hijos le hubieran dejado casarse con su cuidadora como él pretendió en los últimos años. Descanse en paz el héroe de tantas tardes luminosas.