La trivialización de la muerte

La Razón
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Ahora todo el mundo tiene una razón para explicar por qué Rita Barberá falleció de un infarto. La muerte no atiende a explicaciones pueriles ni a atajos políticos. Los que pedían su dimisión aseguran sin sonrojo que el partido la dejó sola. Si no la hubieran expulsado, dirían lo contrario, que murió con el carné del PP en el bolso. Qué vergüenza. Y así. Ya ni siquiera se respeta el duelo. Las tumbas permanecen abiertas hasta que cierra el último bar.

Señalan a la izquierda más recalcitrante. Podemos nació bajo el signo de Caín, lleva tatuados la maldad y el odio. Eso que llamaron la política del dolor ajeno. Modales de malnacidos. Pablo Iglesias excusó el besamanos al Rey porque en esa cola estaba Rita Barberá. Qué no tendrán que esconder algunos de los otros cientos que sí asistieron a la ceremonia. Y hasta él mismo, convertido en el auténtico Rufián del Congreso. Ciudadanos, muy educados, exigió, con una señal por escrito, que cualquier imputado sea enviado al destierro. El PSOE de Pedro Sánchez se disfrazó de desinfectante y tomó la antorcha de quemar brujas siempre que no fueran socialistas, y en el PP optaron también, después de resistirse e incapaces de ofrecer un relato alternativo, por el mantra posapocalíptico de la ejemplaridad. A la defensiva. La presunción de inocencia al carajo.

Los propios políticos cavan una fosa común donde ya yace su primera mártir. Y ahora miran al cielo en busca de respuestas o de un rompimiento de gloria entre las nubes. Se han impuesto un burdo listón que ya es imposible saltarse. Quién sabe si la difunta era culpable de algo o a qué se debió su final. A estas horas ya da igual. Era política y eso la hacía, de entrada, sospechosa, un mal bicho al que fumigar. Luego vendrán otros. Así hasta que se extingan y sólo queden de ellos las buenas intenciones y su malvada ingeniería. Dos días después de su muerte es inútil tanta palabrería y golpes de pecho. Lo que vino después de que una mañana de noviembre Rita Barberá falleciese es la extensión de su propia pesadilla. Han querido arreglar el desprestigio de la política horadando terrenos peligrosos para la democracia. La regeneración, bien lo explica a su manera José María Marco, es una palabra maldita, antigua, y en última instancia, ridícula. Y en su nombre ha dejado muertos en vida sobre los que pesará siempre la sombra de una duda. Los padres de la patria quieren aparecer como estampitas de santos bondadosos, pero para ser cabeza de familia hay que ponerse igualmente en modo desagradable y dar golpes en la mesa. La mercancía de la limpieza tiene buena venta y bien les ha valido saltarse algunas reglas fundamentales que acaban convirtiendo en basura el ordenamiento jurídico todo. Sean, pues, impolutos y no sólo lo parezcan y dejen a los jueces trabajar en el minuto de silencio eterno. Y que los aún mortales, haciendo nuestro trabajo, descansemos en paz de sus guerras.