La vida en juego

El campo de batalla está preparado. Si viviéramos hace unos cuantos siglos habría sangre de verdad. Ahora la violencia contenida se canaliza de otra forma afortunadamente. Esférica. No habrá guerra entre madrileños, si acaso unas cuantas cervezas de más y un domingo de resaca que puede dejar los colegios desiertos, como los decorados de western de Almería, y a las elecciones en fuera de juego. La abstención no es ya un fantasma sino un monstruo que de ser esto Japón llamarían Godzilla y que aquí podría ser un super toro o un super burro, depende de la comunidad autónoma. Cuando los candidatos a las europeas repitan por última vez su letanía insomne, España despertará al fin del letargo y trasladará su capital a Lisboa, acaso más fiel que otras capitales de la ibérica, y el machismo serán veintidós hombres que se la juegan a todo o nada, unos sudando técnica y otros rezando a la placenta de yegua. Ningún partido político que se sepa ha propuesto la paridad en los estadios. Con el fútbol no se juega. Pero se hacen trampas con el maltrato, con la igualdad, en teoría asuntos más importantes que se banalizan en la cochambre dialéctica mientras se estrechan manos en los mercados cuando sólo unos pocos saben a cómo está el kilo de tomates. El domingo habrá vencedores y vencidos. Ni en Lisboa ni en Madrid vale el empate. Cañete es colchonero. Valenciano, merengue. La cita es a vida o muerte. Sólo puede quedar uno.