Las fragatas de la Armada

Sería fácil utilizar el argumento de la supervivencia de la industria naval militar para apoyar la reciente decisión del Gobierno de iniciar la fase de diseño de una nueva serie de fragatas –denominadas F-110– para la Armada. No lo haré; dejaré para otros lo sencillo e intentaré lo más difícil: tratar de justificar su necesidad sólo con razonamientos operativos.

Antes de empezar con ello, querido lector, ruego me permita una pequeña digresión histórica. Creo que no ha sido suficientemente explicado a nuestra opinión pública el papel histórico que le tocó jugar a la Armada durante los siglos que duro el Imperio español, es decir mientras trascendimos más allá de nuestras fronteras europeas. A la Armada española le tocó hacer de perro pastor de un rebaño: de la América hispana, de Filipinas y sus riquezas. Otras marinas europeas –especialmente la britanica– desempeñaron el papel del lobo. Desde luego es más espectacular hacer de depredador que de guardián, pero nuestro Imperio –nuestra manera de interpretar aquel orden mundial– requería de una conexión segura con América para que fluyera desde allí la financiación, a la vez que mandábamos lo mejor que teníamos aquí: nuestra gente, nuestro saber y nuestra fe. Y esta labor propia de un mastín, la Armada la cumplió con creces durante largas décadas, perdiendo muy pocas ovejas en el camino, hasta que España, agotada, ya no pudo más.

Pasemos ahora del glorioso –aunque a veces doloroso– pasado al confuso presente, a la globalización multipolar que estamos viviendo, que requiere también de conexiones seguras en muchos ámbitos. En lo marítimo, estas conexiones se materializan en el gigantesco tráfico comercial de mercancías y combustibles fósiles que define nuestra época. Así mismo, por los fondos marinos transcurren los cables que sustentan la mayoría de las conexiones de internet, datos y comunicaciones de voz que necesita nuestra actual civilización. Mantener estas arterias libres de peligros es una de las misiones básicas de las marinas de guerra occidentales.

Pero hay otra función primordial para una Armada como la nuestra: proyectar fuerza sobre tierra firme. Permítanme explicarme. Si la globalización y sus comunicaciones eran la primera de las características de la era que nos ha tocado vivir, la segunda –al menos en el ámbito marítimo– es el enorme predominio de la marina norteamericana, que no tiene precedente histórico en sus dimensiones. Esto ha hecho que el resto de las marinas de guerra –aliadas o potencialmente adversarias– hayan tenido que adaptarse a esta hegemonía. En nuestro caso, aliados –tanto nacionalmente como a través de Europa– con los norteamericanos, con intereses comunes y con una percepción análoga del orden mundial, nuestra capacidad de proyectar fuerza se concibe como una herramienta útil por si nuestros gobiernos deciden corresponsabilizarse sobre dicho ordenamiento. Adicionalmente, sirve también para defender nuestros intereses nacionales, pues hay que recordar que parte de España son cuatro archipiélagos: Canarias, Baleares, Ceuta y Melilla, con sus peñones e islas.

Las marinas de guerra que cubren actualmente todo el abanico de misiones posibles son muy pocas. Me refiero a las que pueden proyectar fuerza sobre tierra –infantería, misiles y aviación– y tienen submarinos. La nuestra es –milagrosamente– una de ellas. Pero esto es para la guerra «grande», menos probable aunque más peligrosa que la pequeña –la denominada Seguridad marítima–, que se ocupa de las amenazas que acechan a la libertad y salud de los mares. Hasta ahora las marinas han acometido estas misiones de dos maneras diferentes. O bien utilizando plataformas diseñadas para la guerra grande en misiones de Seguridad marítima –con un alto coste y bajo rendimiento– o alternativamente dotándose de buques específicos para las misiones de antipiratería, protección pesquera, represión de tráficos ilegales, etc., que contribuyen a dicha seguridad.

La protección y ejecución de estas muy diferentes misiones están siendo realizadas hasta la fecha por nuestra Armada básicamente con dos tipos de buques: las fragatas F-100 y los BAM. Las F-100 son unos magníficos buques esencialmente diseñados como antiaéreos –providencialmente– en una época en que todo estaba centrado en lo antisubmarino por la amenaza soviética. Los BAM son unos patrulleros oceánicos idóneos para escenarios que requieren mucha permanencia –lo que es sinónimo de bajo coste– pero tienen poca amenaza militar. Estas plataformas son idóneas para dichos ámbitos, pero tienen un problema estratégico: no son intercambiables, al estar tan especializadas en conflictos de alta o baja intensidad.

Con la F-110, la Armada pretende definir un buque que pueda complementar a las F-100 en escenarios de alta intensidad como los de proyección de fuerza sobre tierra o bien –rentable y alternativamente– actuar en los de Seguridad marítima. Si se acierta con las F-110 –de lo que estoy seguro– habremos dado con el tipo de buque idóneo contra las amenazas de los próximos años. Con relación a lo de mastines y lobos, sólo señalar que el teniente general de la Armada Blas de Lezo –buen vasco y valiente marino–, cuya estatua se descubrirá hoy en Madrid, y la exposición sobre el tesoro de la fragata «Mercedes» que todavía puede verse en los próximos meses en el Museo Naval, son muestras de lo que la Armada hizo por defender los intereses nacionales.

Confió en que las explicaciones sobre las F-110 hayan contribuido a hacer comprender qué clase de instrumentos son necesarios hoy en día para resguardar la expresión actual de esos mismos intereses.