Las ondas de don Alberto

La Razón
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Escribir de ciencias sin ser científico es, además de una osadía, una gamberrada. Pero hacerlo del hombre cuya genialidad sobrevuela a las propias ciencias es una obligación. El 1915, Albert Einstein presentó en la Academia Prusiana de las Ciencias su Teoría de la Relatividad, y como parte de ella, la predicción de la existencia de las ondas gravitacionales en el Universo. Un siglo ha pasado durante el cual un sector de la Ciencia se ha empeñado en refutar y poner en duda la presencia de esas misteriosas señales intuídas por Einstein. Don Alberto era judío, nació alemán, se nacionalizó suizo y terminó siendo norteamericano. Conocía al ser humano. Y tuvo la fortuna de no coincidir en la vida con Guillermo Zapata. Sobrevivió a Hitler, Himmler y Stalin, tan coincidentes en su odio a los judíos con el culto concejal de «Podemos» en el Ayuntamiento de Madrid. De ahí su escepticismo ante las reacciones de su Teoría: «Si mi Teoría de la Relatividad es cierta, los alemanes dirán que soy alemán y los franceses que ciudadano del mundo. Pero si es falsa, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes, que soy judío».

Los pioneros españoles de Hollywood fueron José López Rubio, Edgar Neville y posteriormente, Enrique Jardiel Poncela. En un viaje se acopló Antonio de Lara «Tono», un genio autodidacta, amigo y colaborador de Miguel Mihura, y hermano del alma de Antonio Mingote, al que aventajaba en tres decenios de vida. «Tono» no tenía ni el bachillerato, pero su genialidad era más sonora que las ondas gravitacionales. López Rubio reparó en la larga conversación que mantuvieron durante una cena en su casa, Albert Einstein y «Tono». Cuando pudo, en un aparte, le preguntó: - «Tono», ¿de qué has hablado durante tanto tiempo con Einstein?. Y «Tono», que no conocía la Teoría de la Relatividad ni su existencia, le respondió:

- Estaba tratando de explicarle a ese científico alemán que en el mundo, todo es relativo». No fue, la de López Rubio, una cena del montón. También acudieron Charles Chaplin y Buster Keaton, ahí es nada. Eisntein fue un genio universal sin pretensiones. Capaz de tejer la Teoría de la Relatividad y descubrir la existencia de las ondas gravitacionales, y tropezar al mismo tiempo con su declaración de la renta: «La cosa más difícil de entender en el mundo es el impuesto sobre la renta». En pleno apogeo –parcialmente discutido– de su fama y prestigio, llegó a la conclusión de su infelicidad y de la equivocación de su camino elegido: «No soy feliz, ni falta que me hace, y si pudiera vivir mi vida de nuevo, sería fontanero».

Y como todos los hombres que están en el mundo sobre sus miserias, enconos y trifulcas, sentía un profundo desprecio por los nacionalismos, tan imperantes en la Europa de su tiempo. «El nacionalismo, antes que una estupidez, es una enfermedad infantil. El sarampión de la humanidad».

Han sido necesarios cien años de imparable perfeccionamiento de la tecnología para que al fin, Albert Einstein haya vencido sobre la mediocridad. Su Teoría de la Relatividad es cierta y la existencia de las ondas gravitacionales en el Universo, una realidad científicamente demostrada.

El estimable, atormentado y antipático Albert Camus, trató durante una temporada a Einstein con relativa frecuencia. Y no le apreció con relativa distancia, que con Einstein todo era relativo, como descubrió «Tono». Un personaje tan estudiado en la pedantería como Camus no admitía la superioridad de Einstein. Y escribió: «Cambiaría diez conversaciones con Einstein por una primera cita con una corista». Camus poseía a la corista mientras Einstein, simultáneamente, poseía al mundo desde su inabarcable inteligencia.

Con cien años de retraso, mi enhorabuena, don Alberto.