Las oscuras golondrinas

A Vicente del Bosque, que tiene más costras que un galápago, no le preocupa el mercadeo que envuelve a la Selección en vísperas de las grandes citas porque el asunto es un clásico. Villa llegó a Suráfrica con la camiseta del Valencia y regresó a España con la del Barcelona, el Mundial y la Bota de Plata porque, aunque marcó cinco tantos, dio menos goles que Müller. Sería conveniente, no obstante, que las golondrinas, por muy oscuras que sean, cuelguen de una vez los nidos para que el interés de los futbolistas no se disperse.

En situación más crítica se encuentra el Atlético, al que no le va a ocurrir nada que no estuviera previsto porque lo suyo es otro clásico de fin de temporada. Cada año vuela la estrella y como éste ha sido pródigo en éxitos y felices alumbramientos, las figuras se han multiplicado en el equipo a la par que los ingresos, mas éstos no lo suficiente para contener el previsible desmantelamiento, consecuencia del interés que las hazañas y los artistas han despertado en las grandes potencias del fútbol europeo. ¡Se los rifan! Lo malo, lo peor, es que si no fuera por una deuda de 541 millones de euros que lastra al club y convierte los milagros casi en anécdotas, la desbandada resultaría difícil de entender, imposible de explicar y doloroso de asumir. Sin embargo, la estampida podría ser controlada, con repuestos –caso de Moyá por Aranzubia– más o menos contrastados o, simplemente, amortiguada para que la pandemia decline en falsa alarma.

Pero algo hay y Mourinho, que no se ha recuperado aún del revolcón que le dio el Atlético en la «Champions», ha convencido a Tiago y a Diego Costa para unirlos a su causa; lo intenta con Filipe Luis, Koke e incluso Godín, y no renuncia a Courtois, que es suyo. Al Chelsea le saldría más económico despedir a «Special happy one» y contratar a Simeone, la razón de ser del equipo rojiblanco. Que Abramovich ni lo piense.