Los tres de Siria

Hay diversas teorías. Una, muy extendida, sostiene que el primer aviso llega cuando una colegiala te llama «señor» y te cede el asiento en el autobús. Otro signo inequívoco de que te has hecho mayor es que los soldados te parezcan críos. Todavía más preocupante es que vayas a la consulta del dentista y le sueltes al de la puerta que avise a su padre, sin caer en la cuenta de que es el doctor y vas a estar inerme y en sus manos en breves instantes.

No sirve de nada mirarse al espejo. Siempre aprobamos la imagen que nos devuelve la luna del cuarto de baño, aunque estemos cascados. Donde no hay trampa es con las fotos, al comparar lo que éramos y lo que somos. Otra fórmula infalible es poner tu peripecia cotidiana en contraste con la de quienes sueñan ahora como tú lo hacías cuando ni se te pasaba por la cabeza que otros habían recorrido la senda que te disponías a pisar. Me ha ocurrido este fin de semana, al ver descender del avión a Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre, los tres periodistas españoles secuestrados hace diez meses en Siria.

No voy a entrar en la cuestión del pago, ni a subrayar que los millones entregados por el CNI, en un ceremonial que evoca los intercambios de espías del Check-point Charlie en el Berlín de la Guerra Fría, servirán a los terroristas islámicos para perpetrar más atentados y torturar a más gente. En ese asunto, mi cerebro y mi corazón van por caminos opuestos.

Creo que es un error aceptar el chantaje, pero si hubiera sido yo el cautivo habría deseado con todas mis fuerzas que pagaran mi rescate. De la misma forma que no estoy a favor de la pena de muerte, pero apoyaría que se achicharrara en la silla eléctrica al asesino de uno de los míos y aplaudí que ahorcaran al siniestro afgano que mató a Julio Fuentes, aunque la viuda de mi amigo y los colegas pidieron clemencia.

Cuando me preguntan si no echo en falta la azarosa vida de reportero de guerra, contesto automáticamente que sí, pero hoy no estoy tan seguro. Al ver a Pampliega, López y Sastre, me acordé del momento exacto en que sentí que había que dejarlo. Fue hace 12 años, en Bagdad, cuando me importó más llegar pronto al hotel para pillar abierta la piscina que seguir reporteando. Los jóvenes tres colegas recién llegados del infierno sirio nunca han pensado en chapuzones.