Marta y el yihadista

La Razón
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Marta se llama mi médico de cabecera. Recalé en su consulta hace ya diez años y conocerla me pareció, desde aquel primer día, un gran golpe de suerte. Mujer brillante, generala encantadora, acumuladora de pacientes fieles con sus respectivos descendientes, amante del fino humor, madre de todos nosotros... Marta no hay más que una, te lo aseguro. Hace poco llevaron a su consulta a un presunto yihadista, un lobo solitario recién detenido, que había exigido revisión médica. Llegó el susodicho esposado al centro de salud, le escoltaba un nutrido grupo de guardias civiles con tricornio y pasamontañas. Un acontecimiento desconcertante para quienes esperaban que ella les atendiera, cita en mano.

Marta se plantó ante el jefe de la cuadrilla: «Oiga, yo no atiendo a este sujeto sin un pasamontañas». El jefe de los agentes no daba crédito: «Hará usted lo que yo le mande». Ella, ojiplática: «No, señor benemérito, ya pueden buscarme un gorro como el suyo, ¡ese tío no me verá la cara!». Tras unos minutos de debate interno, el responsable ordena a uno de sus agentes que se esconda y le preste a la doctora su camuflaje de lana. «¡Está sudado!», protesta contrariado el aludido. «Y a mí qué», replica ella: «No protesten y espabilen, la consulta está llena y toda esta gente no tiene la culpa. Qué es esto de traer terroristas a los centros de salud, aquí hay bebés, hay abuelos. ¿Dónde se ha visto?».

Finalmente, Marta revisó al detenido con aquel pasamontañas negro prestado, el fonendo y sus gafas incrustadas, en diagonal... Una imagen impagable, cómica, surreal. «Está sano como una manzana, hala, ya pueden marcharse, que me asustan al personal». El benemérito jefe se cuadró ante ella y juraría que también el supuesto yihadista y sus acompañantes se marcharon a la comandancia rectos como velas. Mi amiga es valiente pero precavida, y hace bien. En estos tiempos de psicosis colectiva y amenazas yihadistas, no me explico por qué se decide desplazar a un terrorista de esta enjundia a un centro de salud, en vez de lo contrario. Te quería contar la anécdota este fin de semana en el que ha vuelto a ponerse de manifiesto el aumento de la psicosis colectiva ante camiones suicidas, bombas imprevisibles, estampidas en procesiones andaluzas o en aeropuertos neoyorquinos. Frente a semejante panorama, ejercitar la prudencia parece lo más sensato. ¿Tener miedo? Eso no, ¡eso nunca! Me enseña mi amiga Marta.