Negociación

La escamada ciudadanía no deja de contemplar con cierta desolación el panorama de un Parlamento donde, si hemos de creer lo que nos dicen, estamos representados todos. Entre que las Cortes españolas –como los malos espectáculos– casi nunca llenan, y entre que cuando logran la asistencia de unos cuantos diputados sus señorías no se ponen de acuerdo, una piensa que bien podrían aplicarse estos apoderados de la soberanía nacional las mismas reglas que llevan poniendo en marcha toda la vida los hombres de negocios con éxito y buen juicio. A saber: dejar de discutir interminablemente sin llegar a ningún acuerdo, dando vueltas a la piedra de molino de la cuestión de turno sin moverse del sitio. Con eso sólo se consigue aumentar las diferencias de criterio, los nervios y las tensiones. España pasa por un mal momento. Pero no hay mal que dure cien años (pese a que puede durar 99): sus señorías deberían concienciarse de que han sido elegidas para «resolver» problemas, no para crearlos. Cuando se debata un asunto, los señores diputados deben llegar al hemiciclo con los deberes hechos, con un pequeño informe –no de partido, sino individual, haciendo alarde de creatividad e independencia (ejem)– que obedezca al siguiente esquema: 1 –¿Cuál es el problema? 2 –¿Cuál es la causa del problema? 3 –¿Cuáles son las posibles soluciones al problema? Y 4 –¿Qué solución recomienda o sugiere el firmante del informe? Con esos sencillos pasos, estaría garantizado algo tan elemental como que cada una de sus señorías ha recabado la información básica necesaria para enfrentar el problema a debatir, y que posee los suficientes elementos de juicio para tomar una decisión –o sea, para votar– al respecto.

(Y no me digan que éste es, más o menos, el método que siguen habitualmente porque no me lo creo).