No es país «Le Pen»

La Razón
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¿Porque no somos un país con el terreno, al menos a día de hoy, abonado para los Wilders o Le Pen? También en esto España marca significativas distancias con sus vecinos europeos. Aun siendo cierto que aquí siempre han crecido malas hierbas, por ahora ni está ni se espera la germinación de ese tóxico follaje abonado por la crisis económica, la inmigración y el terrorismo yihadista que crecen en nuestro entorno en forma de nacionalismos extremos de corte xenófobo. Especialmente en este miércoles, en el que las elecciones holandesas ponen a prueba las posibilidades reales de Geert Wilders que es como decir las del populismo de extrema derecha en Europa, la pregunta de cajón es por qué, a diferencia del caso holandés, el francés, el austriaco o el británico del «brexit» no hay aquí espacio para un fenómeno «Le Pen» a la española.

La respuesta la daba hace pocos días un interesante informe del Instituto Elcano que venía a revelarnos en España un terreno especialmente yermo para todo lo que tenga que ver con valores patrióticos y sentimiento nacional. La cuestión es clara, no hay riesgo de populismo nacionalista español sencillamente porque no tiene magma social. El informe de Elcano puede resultar a priori tranquilizador, no hay lugar para populismos de derechas. Sin embargo, las razones tal vez no resulten tan alentadoras. Los populismos patrióticos tienen su justificación –aun desvirtuada– en un orgullo de país del que, sin embargo, aquí adolecemos.

La realidad es tozuda. A saber, venimos de una dictadura de derechas cuyo recuerdo, a pesar de la ejemplar labor reconciliadora de la Transición, continúa siendo décadas después convenientemente explotado por quienes buscan y consiguen réditos políticos del revanchismo, desde una izquierda más preocupada por remover tumbas de abuelos que del futuro de hijos y nietos. Vivimos un desafío a la integridad territorial del Estado encarnado en la metamorfosis de nacionalismos autonómicos hacia independentismo puro y duro, fenómeno que se contrapone a una supuesta «caspa» reflejada en todo lo que suponga sentimiento nacional o marca española. También aquí subyace una a veces poco disimulada anuencia de algunas nuevas izquierdas convencidas de lo «progre» que resulta en boca de un prestigioso director de cine la afirmación de «no me siento español». Queda «facha» hacer alarde de la bandera constitucional; se contempla como provinciana y paleta la simbología no tanto taurina como de la silueta del astado cuando pretende representar espíritu de lucha y coraje en el mundo del deporte y resulta en fin «sospechoso» el reconocimiento de la labor de cuerpos militares como la Legión, por mucho que a día de hoy sea garantía de paz y apoyo humanitario en zonas de conflicto.

No hay en efecto riesgo de una Le Pen o un Wilders en nuestra política, pero las mismas causas que lo impiden son las que paradójicamente dejan al Estado al raso de la amenaza de escisión con la anuencia de otro populismo en este caso nacido por la izquierda, pero no menos nocivo. Ya lo dijo el viejo buey de Villalba: España es diferente.