Nunca silbaré a Iker

Hay un debate que el capitán no ha generado ni alimentado. Cuando hizo las grandes paradas de su vida, exhibió respeto y humildad. Cuando las cosas salieron peor, no cambio su discurso. Iker es madridista desde que nació y el amor que ha puesto para superarse cada día debe llegar al corazón de sus seguidores, que son millones en el mundo entero.

Nunca es bueno que la afición silbe a los jugadores de su propio equipo. Aun cuando merecieran los pitos, necesitan el cariño, la cercanía y el apoyo de su gente. Lo que les conviene es notar el respaldo de saber que juegan en casa, el aplauso, el grito de ánimo. La tercera jornada de Liga no es momento para exigir cambios drásticos ni dimisiones sino para que los profesionales del fútbol reflexionen, trabajen y corrijan. El enfrentamiento interno de un estadio sólo daña al equipo de casa, a sus propios futbolistas.

El portero es un puesto especial. Necesita tranquilidad y respaldo absoluto. Si tiene que jugarse el puesto en cada córner, adiós portero. Considero a Iker uno de los mejores guardametas del mundo, y cuando tuve la suerte de trabajar con él en el mismo equipo y en la Selección española, advertí sin tapujos su madridismo más acendrado y su españolismo más destacado; una gran capacidad de liderazgo; un capitán nacido para el puesto y el brazalete.

El Real Madrid (y la Selección) necesita al mejor Iker de su carrera. Y eso se consigue con la confianza y el respeto, el cariño y el apoyo. Ha dado mucho; en realidad, lo ha dado todo. Jamás le silbaré. No lo merece.