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Oídos sordos

Hay países en los que los presidentes, cuando dejan de serlo, se dedican a poner su prestigio al servicio de causas humanitarias o a cultivar cacahuetes en su terruño natal. Aquí no; aquí los ex presidentes se dedican a pontificar sobre lo que se debe hacer como si el hecho de no estar en activo les diera patente de corso para propinar a los suyos unas collejas de espanto. Los ex presidentes españoles son bombas de relojería que intentan mangonear a los suyos como esos abuelos gruñones que disfrutan criticando la manera en que sus hijos educan a los nietos, olvidándose de que su responsabilidad se terminó cuando aquellos se independizaron o, en su caso, el día en que se cerraron a sus espaldas las puertas de La Moncloa.

Es lo que le ha pasado una vez más a José María Aznar, al que le ha caído la del pulpo por abrir la boca para hurgar en una herida cuyo pronóstico es, cuando menos, reservado. Decir que el Partido Popular está perdiendo votos frente a Ciudadanos y que, si los populares no se ponen las pilas, los de Rivera pueden dejarles tiritando en diciembre no es ni una amenaza ni una venganza. Es simplemente una obviedad refrendada por la realidad de unos resultados electorales que dejan escaso margen a las interpretaciones. Otra cosa es con la intención con que se diga y cómo se diga, y aquí hay que reconocer que su diagnóstico ha sonado más a metralla que a capote. Ahora, cuando desde sus filas le dicen eso de «por qué no te callas», se enfada en vez de entender que como dijo un tal Abraham Lincoln, presidente de uno de esos países en los que los ex presidentes se dedican mayormente a recibir premios Nobel de la Paz, hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios.