Pagar el autobús

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No sé si será porque comienza la Cuaresma o porque la primavera despunta en los almendros y la sangre se altera, el caso es que el otro día, en Madrid, una transexual fue multada en un autobús urbano por negarse a pagar el billete. Al parecer esta señora consideraba que, por pertenecer a un grupo de personas en situación de exclusión social, tenía derecho a viajar gratis. Y lo cierto es que algo podía sospechar al respecto porque, según declaró a la Prensa, hace poco más de un mes la compañía del Metro había regalado una treintena de pases anuales a la asociación Transexualia, a la que pertenece, a fin de «promover la plena integración social de mujeres y hombres transexuales de la región» madrileña. Ya se ve que en esto del cambio de sexo y, sobre todo, de viajar de balde en los transportes públicos no es lo mismo Cifuentes que Carmena. ¡Dónde va a parar el progresismo de la presidenta por comparación con el conservadurismo de la alcaldesa!

La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque, según parece, en España basta con inventarse alguna marginación para que se te reconozca un derecho. Me pregunto por qué los transexuales son excluidos sociales si resulta que cada dos por tres chupan cámara en las televisiones e incluso se hacen leyes específicas para ellos. Es como lo de los nacionalistas catalanes que, después de pasarse un siglo y pico vendiendo sus textiles al resto de los españoles a precios superiores a los internacionales –imponiéndoles a éstos, según un reciente estudio del equipo de historiadores que dirige Gabriel Tortella, un sobrecoste equivalente al 0,5 por ciento del PIB, lo que suma un pastón–, se inventaron eso de «Espanya ens roba» y ahí andan exigiendo un referéndum de independencia para torturar convenientemente sus resultados y desgajarse de la piel de toro.

Y es que esto de levantar memoriales de agravios es muy español. Ahí estuvieron quejándose la mar de tiempo casi todas las comunidades autónomas con lo de la deuda histórica que el Estado tenía con ellas hasta que, como se acabó el dinero con la crisis, ya no merecía la pena seguir con el tema. Claro que hubo tiempos en los que invocar remotas afrentas urdidas en anales imaginados daba lugar a rebeliones terribles que siempre acababan con algún ajusticiado. Para atestiguarlo está el caso de Lope de Aguirre, vascongado de Oñate, Loco, Tirano, Peregrino, Traidor y Príncipe de la Libertad, quien, tras haberse rebelado contra el rey Felipe II, fue muerto, descuartizado y comido por los perros, salvándose tan sólo su cabeza y sus manos, que acabaron exhibiéndose dentro de una jaula para escarmiento de todos, lo que no libró de similar condena a buena parte de sus marañones. Ahora estos asuntos son más blandos, seguramente porque hemos alcanzado un nivel de civilización que nos hace más tolerantes con las debilidades humanas, aunque, eso espero, sólo hasta el límite que las leyes imponen a los sediciosos.