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Pánico en Ferraz

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Tiempo de lectura 4 min.

06 de octubre de 2019. 04:48h

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Tomás Gómez 6/10/2019

Es una cuestión de expectativas, cuando alguien no consigue lo que se da por seguro, su caída solo es cuestión de tiempo. A Albert Rivera siempre le han ido mejor las encuestas que las urnas, en un año ha pasado de ser quien iba a liderar la derecha política, según los sondeos, a generar acalorados debates sobre quién se va quedar con el grueso del electorado que va a perder. Nadie da un duro por él.

Ha habido otros ejemplos de expectativas frustradas. Cuando Javier Arenas no pudo con José Antonio Griñán, se acabaron sus oportunidades, el presidente Zapatero perdió la baraka cuando no consiguió mayoría absoluta en el año 2008, o Pablo Iglesias que, cuando no superó a Pedro Sánchez en el 2015, nadie volvió a verlo dando un sorpasso al poderoso PSOE.

Esa es una de las razones por la que en la calle Ferraz están preocupados. La convocatoria de elecciones se realizó bajo la premisa de alcanzar un mínimo de 140 diputados, con el ánimo insuflado por los vítores del CIS y ya veremos qué pasa.

Estamos a un mes de las elecciones, Sánchez ha entrado en carga, pero la frialdad del ambiente no hace presagiar masas de votantes apoyándole. En realidad, en el Partido Socialista se viven dos realidades: la optimista, capitaneada por Iván Redondo en Moncloa y la más realista, del aparato de Organización de la calle Ferraz.

Las previsiones de crecimiento se han moderado, incluso alguno duda que vaya a haber aumento de escaños. Ven a Errejón como el mapache ladrón de votos socialistas y dudan que el electorado de Ciudadanos haya dejado de ser anti Sánchez.

En el peor de los casos, el líder socialista mantendría la primera posición del podio, pero en peores condiciones que las actuales, porque el Partido Popular subiría en votos, saldría de la depresión y Pablo Casado se consolidaría en el liderazgo de la oposición.

La formación de gobierno podría ser más complicada, los votos a favor de Errejón y la abstención de Rivera son una quimera y, con un resultado así, Pablo Iglesias percibiría más débil al PSOE y sus condiciones serían más duras. Aunque no tanto como las de los independentistas que pondrán como condición la amnistía de los presuntos condenados en el “procés”.

Sin embargo, en caso de haberse equivocado en la decisión de convocar nuevas elecciones, la peor de las consecuencias para Pedro Sánchez no sería las dificultades institucionales con las que se iba a encontrar, sino el desgaste a que vería sometida su figura y las críticas internas que aflorarían en el PSOE, incluso de algún íntimo.

También es verdad que si consigue formar gobierno podría recuperarse en parte, pero lo que le quedaría por delante, entre la desaceleración económica y el avispero en que se ha convertido Cataluña, puede convertirse en un auténtico calvario.

La misma persona que supo aprovechar la moción de censura y convocó unas elecciones en el momento oportuno, puede haber cometido el peor de sus errores.

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