Pepito Ferraris

Escándalo tras escándalo. Suma que te suma. Una extravagancia que sigue a otra levemente menor y que precede a la que está al caer. Siempre la última más bochornosa, sangrante, espectacular, sonrojante o sencillamente patética. O, como en el caso que hoy revela LA RAZÓN, directamente obscena. Porque, en las tramas superpuestas de presunta y vastísima corrupción que sacude al establishment nacionalista, estamos ante el festival de todo aquello que ofende al pudor, la ética y la estética más elemental.

Es una trágica ironía –o directamente una golfada– que en una Cataluña empobrecida por el delirio soberanista y en la que Cruz Roja se ve obligada a lanzar una campaña para que los niños tomen un plato de sopa caliente al día, uno de los vástagos del catalanismo pata negra se haya puesto hasta las trancas; que se haya subido a un enloquecido tren llevando una vida de caprichos exorbitantes y lujos planetarios sólo al alcance de un puñado de magnates del petróleo rusos o grandes hombres de negocios y turbante con sociedades basadas en Qatar o los Emiratos Árabes Unidos.

Como en Pepito Piscinas, aquella célebre cinta de Fernando Esteso, aquí empieza a trazarse la figura de un Jordi Pujol Jr. erigido en un ligón nato investido de todas cuantas horteradas uno pueda imaginar en las actuaciones de un supermillonario. Pero a diferencia de aquella comedia de los setenta, aquí no hay ningún vulgar vendedor de coches que se dedica a la simulación o el camelo y sueña con ser piloto de rally profesional.

Aquí hay mucha pasta invertida en una super-escudería ahora arrumbada en naves. Y alguien tendrá que explicarle al juez de dónde ha salido. Y si la que todavía no hemos visto, lejos de descansar en polígonos industriales, lo hace en cuentas de Delaware o Suiza o las Islas del Canal. ¿Queda claro?