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Sánchez se puede quemar

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Tiempo de lectura 4 min.

15 de junio de 2019. 00:24h

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Tomás Gómez 15/6/2019

Pedro Sánchez, de nuevo, está jugando con fuego. El encuentro entre Rufián, el inefable, y Adriana Lastra ha generado el ambiente de que hay algún tipo de acuerdo de cara a la investidura.

Las palabras claves pronunciadas por el independentista fueron “no bloqueo”. Pero también dejó claro que facilitar la investidura iría acompañado de un precio. Los separatistas usan el Congreso de manera instrumental, con lo cuál, no es descabellado pensar que están poniendo precio a la presidencia del Gobierno.

Las reuniones con ERC deberían ser públicas, no hay que olvidar que es el mismo partido político que en la ciudad de Barcelona hace pintadas en las sedes de otros partidos para coaccionar en su intento de conseguir la alcaldía. Para ellos, no solo las instituciones del Estado son un instrumento, también lo son las alcaldías catalanas.

Desde el PSOE se insiste en la idea de que la distancia con el independentismo impide cualquier entendimiento para la investidura, pero, al tiempo, no paran de hacer sumas para ver qué combinaciones posibles están a su alcance y, desde luego, los votos separatistas están en las quinielas.

Seguramente los responsables de los números sueñan con una abstención de los separatistas el día de la votación y, además, que los españoles interpreten que de eso no sabía nada previamente el Partido Socialista y que no pueden impedir que se abstengan.

Como quiera que la probabilidad de que eso ocurra es cero, los socialistas tienen guardado el as de una convocatoria de elecciones, que aunque tiene sus riesgos, de todo el espectro político, a priori, son los que menos se juegan.

Es decir, con seguridad los independentistas pondrán encima de la mesa sus máximas y el PSOE amenazará con elecciones.

El mismo argumento se usará para lograr el apoyo de Ciudadanos y/o la abstención del Partido Popular. El argumento es claro: con el voto conservador, no tendría ninguna relevancia el sentido de voto de los rufianes de turno.

Pero cada vez que se produce una conversación entre socialistas e independentistas, el fantasma de los acuerdos por debajo de la mesa vuelve y Albert Rivera se autoimpone hacer el cordón sanitario al PSOE, cuestión que solo le ha servido hasta el momento para competir en el ámbito de la derecha con PP y Vox, dejando el carril del centro despejado para el PSOE.

Es decir, lo mejor para los socialistas es que Rufián abra la boca. Claro que eso tiene sus riesgos porque el PP y Cs no consiguieron en la campaña que los ciudadanos piensen que el PSOE pacta con los que quieren irse de España, pero tanto va el cántaro a la fuente que puede terminar por romperse y puede volver el boomerang con una fuerza desconocida.

Si se pensase realmente en el país, se descartaría el apoyo de los independentistas, la derecha no radical se abstendría para dar la estabilidad que España necesita y la estrategia de convocar elecciones con la ligereza del que tira los dados estaría fuera de lugar.

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