Ser europeos

La diferencia fundamental entre la ciudad europea y, verbigracia, la ciudad norteamericana es la que existe entre una cultura del diálogo colectivo en la plaza pública (el ágora griega, pero también la catedral cristiana, en torno a la cual, en círculos concéntricos, crecía el hábitat urbano) y los monólogos entrecruzados de grupos sólo conectados por la necesidad económica del intercambio (las grandes autopistas uniendo los ranchos, o los falsos «nuevos centros», «downtowns» ciudadanos, construidos a la manera de los europeos, pero no en torno a las catedrales, sino alrededor de los bancos, las nuevas catedrales de la Modernidad). Tal diferencia exhibe una equidistante oposición entre la idea de metrópolis maquinista y deshumanizada y la ciudad de dimensiones benignas. Debería ser posible mantener esa perspectiva también hoy, fuera de su carácter estrictamente histórico; que la ciudad europea no pierda el hueco que alguna vez quiso dedicar al ágora, al intercambio y a la relación entre ciudadanos; que los espacios urbanos nunca lo sean de incomunicación, de soledad y de extravío. Por ejemplo, puede que España haya dejado de ser –salvo allá lejos, al fondo de las diversas capas que constituyen su palimpsesto–, tan solo el universo mítico de una cultura ancestral para convertirse en el paradigma acelerado de una red de telépolis corporeizadas, territorio babel pasto de la invasión de ladrones de cuerpos urbanitas, pero aún mantiene un fino halo de esplendor, el resto de un espíritu humanista que no sería posible encontrar en otras latitudes (africanas, orientales, americanas...). El historiador holandés Luuk van Middelaar dice que estamos descubriendo por primera vez lo que supone ser europeos. La recesión, de efectos terribles, ha tenido al menos el detalle de hacer que nos interesemos por nuestros vecinos, expone nuestras miserias junto con las incomparables ventajas de ser europeos en un contexto globalizado.