Sobre el terreno

Este país se ha mostrado, si se ha prestado atención a los medios, escandalizado tras las revelaciones que han implicado al extesorero del PP Luis Bárcenas y, en consecuencia, la mancha de aceite se ha extendido, imparable, sobre el partido del Gobierno, que ha corrido a taponar el escape. Con seguridad no habrán sido días fáciles para Mariano Rajoy, pese a que, como apuntaba el «Financial Times», sea un político que gobierna en prosa. Siempre es preferible en estos casos no dejarse llevar por arrebatos líricos. Tampoco son tiempos para tragedias en verso, ni siquiera para comedias. El problema es que esta presunta corrupción viene a añadirse a otras muchas de diverso orden y entidad que se pregonan en otros partidos. Y es que el mundo de la política tiene excrecencias aquí y en todas partes. Política equivale a poder y éste no deja incólume a cuantos lo detentan. Tampoco debe entenderse este fenómeno como original. Se da, con matizaciones importantes, en otros muchos países. El escenario global, pese a su número –no escaso– provoca un efecto multiplicador, porque se sitúa en lo alto de las olas de una crisis que parece aquietarse algo, pero tan sólo en su superestructura. Los ciudadanos, sin embargo, se ven obligados a contemplar cómo, sin desmayo, van reduciéndose los puestos de trabajo y cerrando las pequeñas empresas y comercios, muy visibles, que suponen el 99,88% del total y un 64% del empleo. A vista de pájaro el terreno se contempla desolador, como después de una batalla. Y la guerra no ha finalizado todavía. Lo más fácil es culpar a los políticos de todos los males, que son muchos y graves. Cataluña, por ejemplo, ha superado en un 0,8% su déficit. Y no será la única autonomía que, pese a los esfuerzos, se haya desbordado.

Pero la primera preocupación de la ciudadanía no deberían ser los políticos, sino una crisis que está destruyendo la clase media, aquella en la que Obama desearía asentar el bienestar de los EE.UU. y que en España se había fortalecido en los últimos decenios. El culpar a la construcción de todos los males no remedió nada. Disponemos ya de una banca solvente. Han desaparecido como por ensalmo casi todas las cajas. Hemos creado un banco malo que, sin duda, llegará a ser bueno para unos pocos. Y vamos en dirección contraria socialmente al proyecto ideal europeo del norte. Las diferencias entre los más ricos y la clase media baja es cada vez mayor. Más duras resultan las condiciones de vida de una sociedad que vive aterrada por el presente y sin esperanzas de un futuro cercano y positivo. Cualquier problema de corrupción, si además se comentan cuentas millonarias en Suiza o en otros paraísos, ha de provocar naturalmente la mayor irritación ciudadana. Las cuentas son de ayer, pero la desconfianza y las consecuencias que observamos son de hoy. El desencanto político tiene sus raíces en lo económico. El 55,2% de las empresas son microempresas y las grandes, con 250 empleados o más, son tan sólo 3.801, un 0,1%. Nuestro tejido empresarial es exageradamente pobre. Desde que estalló la crisis de las «subprime» en los EE.UU. han desaparecido oficialmente 85.901 pequeñas y medianas empresas hasta finales de 2010. Algunas sobreviven nominalmente y otras simplemente vegetan. Las hay, sin embargo, una minoría, que han logrado sobrevivir e incluso crecer. El problema esencial es la falta de financiación. Nunca llegamos a ser un país rico, ni a jugar en primera división como se nos dijo. La pequeña empresa presenta dificultades para internacionalizarse y las grandes ya no alimentan, como antes, el tejido industrial dependiente.

Porque salvo la construcción no existió una diversificación de intereses, ni otra vocación que el lucro. Pienso a menudo qué escribiría Josep Pla si viviera una situación como ésta. Dudo que se inclinara por un refinado escepticismo. En su «Quadern gris», hoy reaparecido en nuestras librerías con honores de clásico, hay un fragmento en el que conversa con Joan Climent y éste le dice: «-Usted tiene demasiada tirantez, demasiada tensión.../-¿Conoce algún remedio?/ Echar un poco de agua al vino./ -¿No convendría más echar mucho vino al agua?». Lo mismo podría decirse en estos momentos a mucha gente que manifiesta señales de angustia e incluso al estamento político, incapaz de superar los desacuerdos. Pero la ironía de Pla va mucho más allá. No es fácil tomarse con distancia la apabullante saturación que nos ofrecen los medios con noticias no siempre fiables. Lo cierto es que nada permite resolver las situaciones con algo de humor y evitar los rasgos dramáticos, que sin duda nos agobian. Faltan en este país aquellos rasgos de transparencia que hubieran debido llegar desde fuera de los partidos, mediante leyes que incrementaran la visibilidad de sus actuaciones. No se hicieron antes, tal vez por razones históricas y porque los mismos políticos se defenderán como gatos panza arriba sobre cualquier tipo de fiscalizaciones. Existen los lentos tribunales de Justicia y unas leyes llenas de agujeros. Pero la solución al desmadre, a los trescientos imputados, a lo que vendrá, no puede dejarse en las manos de los políticos y, paradójicamente, deben ser ellos quienes han de autolimitar sus poderes y restringir lo que acaba conviertiéndose en desmadre.