Socialistas republicanos

En nuestro país, la República no es un régimen más, una alternativa a la Monarquía. Significa, en primer lugar, un cambio de fondo de la estructura social, una revolución. Y de esa revolución no saldría sólo un nuevo orden con un reparto distinto del poder. Saldría una nueva España en la que habría que refundarlo todo: en particular la nación y su relación con las naciones que la constituirían, como la República.cat o la Euskorepúblika.

Por eso el PSOE no puede declararse republicano. Sería tanto como situarse al margen y quedar reducido a un papel testimonial. Desde que Felipe González y su equipo entendieron esta realidad a mediados de los años setenta, quedó abierto el camino para uno de los pactos fundadores de nuestra democracia. La Monarquía es en este caso una de las claves, posiblemente la principal, que explica la estabilidad de la democracia parlamentaria desde entonces, así como la ausencia de núcleos ultras o populistas, salvo, claro está, los nacionalismos.

Al mismo tiempo, el PSOE no ha abandonado nunca del todo el espíritu utópico. El PSOE no es como el laborismo inglés, como los partidos socialdemócratas del centro y el norte de Europa, o como el Partido Socialista francés. Nuestros socialistas cultivan la pose radical que les permite (en buena medida, porque se les ha permitido) salir como los garantes últimos del sistema, los auténticos demócratas españoles. Es una posición altamente rentable, y se entiende que en las agrupaciones socialistas, y en las sedes de UGT, lo que se vea es, aparte de retratos del auténtico Pablo Iglesias, banderas republicanas. Madina y Pedro Sánchez cumplen con el rito que se espera de ellos al declararse republicano –el primero- y discutir –el segundo- algunos de los elementos básicos de la institución de la Corona. La novedad sería que no lo hicieran.

Esta realidad no va a cambiar. Y es posible que vaya a más. La República ha empezado a simbolizar la necesidad de un nuevo pacto social ahora que la crisis ha puesto en cuestión el que sostiene y legitima la democracia liberal desde 1975 para nosotros y desde los años de postguerra para casi todos los demás países europeos. El término se carga así de algo que ya no es simple ensoñación retrospectiva o simple marca de alta rentabilidad. Ha cobrado un sentido específicamente político. Dados los antecedentes, harán falta líderes especialmente carismáticos para evitar que los socialistas se embarquen en esta vía.