Todo no se hereda

Oriol Pujol, puesto a heredar, debe estar pensando en resucitar a Lluís Prenafeta, el cerebro que ideó la magna concentración de desagravio en favor de su padre, el de Oriol, el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, cuando el Gobierno de Felipe González quiso destruirle por su anterior relación con Banca Catalana.

Con su rememoración de que «las acusaciones contra mí tratan de dañar a Cataluña», el vástago Pujol intenta repetir la proclama paterna ante decenas y decenas de miles de seguidores «no atacan a Jordi Pujol, atacan a Cataluña», como si el tiempo y las circunstancias no hubieran cambiado. Quizás debería probar y aparecer ante sus huestes bien arropado por Artur Mas y alguno de sus hermanos. Eso sí, sin los euros de la venta del Porsche, ni el Ferrari, ni el Lola T-70.

Su problema, el de Oriol, es que ni las imputaciones son las mismas ni él puede argüir un problema de Estado ni, lo que es más importante y grave, su chaparrón desprende tintes políticos. Lo que pesa sobre él y sus hermanos en nada se parece a lo pretendido contra su padre.

A la vista de los acontecimientos, da la impresión de que las investigaciones sobre las presuntas actividades, presuntamente ilegales –no se olvide lo de presuntas–, sobre comisiones, cuentas en el extranjero, enriquecimiento y demás, no son consecuencia de la cruzada secesionista que los Pujol, Mas y Cía. decidieron emprender y recrudecer.

Al contrario, como argumenta mi amigo Rogelio, es más factible que esta tormentosa deriva independentista provenga de conocer con antelación los procedimientos judiciales. Objetivo: provocar un problema de Estado que, como entonces, pudiera ponerse sobre la mesa de negociación para intercambio de cromos. Pero todo no se hereda. Así es la vida.