Todo se ha perdido

Me he pasado dos días en Barcelona en un congreso de historia que llevaba por título «España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)». Se celebraba en una antigua Casa de Convalecencia del sigo XVII, entre muros que oyeron rezar y padecer y ahora atienden con la misma frialdad una letanía amenazadora: España es culpable de todo cuanto le sucede a Cataluña desde hace tres siglos menos nueve meses (habrá que esperar al 11 de septiembre de 2014), que hasta el rabo es toro. Todos los historiadores invitados coincidieron en este hecho, con una unanimidad tan rotunda que era inevitable preguntarse: ¿para qué reunir a tanto funcionario si todos están de acuerdo? En realidad, el tema (por resumir: expolio económico, ocupación militar y genocidio cultural de España sobre Cataluña) no tiene tanta importancia. Lo realmente interesante es el papel de los intelectuales como disciplinados agentes del poder establecido y del que queda por conquistar. Las sesiones se celebraron durante unas mañanas frías y soleadas sobrevoladas por gaviotas del puerto y el griterío de los escolares, mientras en la oscuridad de un salón de artesonados y tapices unos historiadores de semblante severo enumeraban todas las humillaciones sufridas por Cataluña. Me gustaría que se entendiera lo que voy a decir: este simposio, salvando las distancias, tiene algo en común con aquel nefasto Memorando de 1986 redactado por la Academia Serbia de Ciencias y Artes y que tanto ayudó al desastre posterior, su afán por anteponer los muertos a los vivos. Me pregunto: ¿por qué los intelectuales siempre aparecen a la hora más crepuscular para añadir más oscuridad? Regreso a Madrid leyendo a Gaziel («Tot s´ha perdut»): «El catalanismo está legítimamente obsesionado por lo que fue ayer el pueblo de Cataluña, e incluso por lo que será mañana. Pero nadie parece interesarse vivamente por lo que es hoy...». Lo escribió en 1925. De nuevo, todo se ha perdido.