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Un buen actor

Hace unos días vi una entrevista con el recientemente fallecido Peter O Toole donde afirmaba que lo más importante para un actor es la palabra, la claridad de su dicción, que se le entienda cuando habla, porque «la palabra, en boca de un actor, se hace carne». Pues bien, no voy a decir que con el Papa Francisco ha nacido una estrella pero, desde luego, se ha convertido en un actor al que merece la pena escuchar. Habla claro, se le entiende y sus palabras no agravian a nadie. En un momento como el actual donde el nivel de susceptibilidad raya lo absurdo y cualquier palabra se convierte en la mayor ofensa al llegar a determinados oídos, escuchar a una persona en cuyo verbo no caben los reproches, las ofensas o las amenazas es casi un milagro.

Qué quieren que les diga, a mí este Papa Francisco me gusta. Habla, actúa, gesticula e incluso mira como debería hacerlo una persona normal. Tiene la imagen perfilada por Antonio Machado en su «Retrato»: su verso brota de manantial sereno, y más que un hombre al uso que sabe su doctrina, es, en el buen sentido de la palabra, bueno. Quizá ése sea el secreto: ha logrado normalizar la vida. Un Papa hablando de paz, de amor y de servicio, y no de prohibiciones, castigos, poder y lobbies. Esto que debería ser lo normal se ha convertido en lo excepcional. Este Papa gusta porque habla de los inmigrantes muertos en Lampedusa y de los niños asesinados en Siria, y no de la demonización del uso del condón. Estamos sedientos de líderes que hablen como se habla en la calle, que huyan de la rancia burocracia alimentada de palabras rimbombantes pero vacías. De momento, este actor promete.