Un grande sin la pancarta

Te marchaste, Pepe Sancho, y nos quedan muchas cosas tuyas. Desde tu mujer, Reyes, hasta un sinfín de documentos y recuerdos que te hicieron grande. El homenaje que el Valencia te tributó el sábado en Mestalla, a donde jamás dejabas de acudir si coincidías en la ciudad, me ha dado motivo para escribirte unas líneas que, por circunstancias de la vida, no había podido plasmar. Deseaba remarcar tu lado menos conocido, ese que hacía te emocionaras hasta las lágrimas al escuchar el Himno de la Comunidad Valenciana, tu tierra, la noche de la «cremà», justo la de mañana, a cuya cita faltarás después de muchos años. ¡Cómo lo hemos pasado! Ese que hacía reír a los que te rodeaban hasta que se sentían plenos; el que se rebotaba ante la injusticia; o el que te hacía no casarte con nadie y con nada. Como escribí en su día, «Pepe Sancho continúa volando a su aire, al margen del trapicheo partidista "a mí me gusta meterme con quien gobierna, no con la oposición". Sin encadenarse ni asirse a la pancarta».

Dicho esto, unas líneas a tu profesión. Fue en «Memorias de Adriano» cuando descubrí de forma sorprendente tu talento y tus extraordinarias dotes para la escena. Aquella noche estrellada de agosto de 2005, en un marco incomparable como el Teatro Romano de Sagunto, te revelaste con una interpretación portentosa. Si antes me habías ganado para tu causa como persona, aquella noche me convertiste en admirador. Después, como un genial actor o como un loco, te atreviste con «Enrique IV», de Pirandello, y con otros grandes del teatro, superando aquella carrera anterior plagada de éxitos en el cine, la televisión y demás formas escénicas. En lugar de morir a los cuarenta, apostaste por lo grande y los grandes, seleccionando, como los elegidos, hasta que esa maldita guadaña decidió segarte en el momento cumbre, cuando la profesión y el amor te colmaban. Confío en que sigas gozando. Si no, todo se vendría abajo. Descansa en paz. Así es la vida.