Un mundo sin fronteras

Nuestro escritor Juan Goytisolo se pregunta si un ser humano es ilegal por haber nacido en otro país. Es una vieja interrogante y una trampa saducea del buenismo de lo políticamente correcto, compendio de eufemismos elaborados en las universidades californianas durante la década de los sesenta. Desdichadamente, sí ; «El extranjero» de Albert Camus sigue teniendo vigencia intelectual. Mal que nos pese existen leyes de extranjería que no son universales y a veces resultan incompatibles con puntuales movimientos migratorios. El derrumbe de las fronteras sólo deja de ser una utopía en agrupaciones transnacionales como la Unión Europea, y no se da ni entre los subsaharianos que esperan ante la verja de Melilla que es una frontera de la UE: un camerunés es ilegal en Lagos por haber nacido fuera de Nigeria. Como a mí se me ha recordado severamente en Brasil o Bolivia que se me había vencido en un día mi visa de turista. No existe el ciudadano mundial, tal como no todos los hombres somos iguales, como no sea metafísicamente. Los africanos indocumentados que aguardan frente a Ceuta y Melilla empiezan por ser ilegales en Marruecos y son la carne de cañón de variables ominosas: la nueva trata de negros que se enriquece llevándoles hasta las puertas de un paraíso catódico que sólo existe en la televisión; la hipocresía de la UE que no regula el paso de extracomunitarios, pero se rasga las vestiduras si usamos un extintor para disuadir emigrantes en avalancha; y la conjunción de Estados fracasados en África a los que conviene aliviar sus poblaciones. Todos nos condolemos con Goytisolo de este éxodo de descamisados sobre miles de kilómetros confundiendo Eldorado con los goles del Real Madrid, pero son ilegales incluso en los países escandinavos de antaño manga ancha en el asilo. Incluso nuestra izquierda considera que la verja melillense es una vergüenza, con las «concertinas» de cualquier finca privada. El pasaporte, el «pasar la puerta», sigue siendo signo de civilización.