Un sicario estranguló a Prim

La muerte del general Prim está llena de falsedades y leyendas recogidas sin espíritu crítico hasta que los trabajos de la Comisión multidisciplinar Prim de Investigación de la Universidad Camilo José Cela ha revelado, aplicando los avances del siglo XXI a un misterio criminal del siglo XIX, que es compatible con una estrangulación en su cama cuando estaba herido e indefenso mediante una correa o banda de cuero que ha dejado enormes surcos en el cuello y nuca del cuerpo embalsamado.

El adelanto provisional a falta del informe de conclusiones definitivo se deriva del informe forense que investiga la doctora Marimar Robledo Acinas, directora del laboratorio de Criminalística de la UCM. Los asesinos fueron tres veces cuatro, todos masones, que le dieron por muerto en la calle del Turco, pero que a la tercera vez que lo agredieron, no permitieron que se recuperara de las heridas y se aseguraron de que expiraba aunque estaba muy malherido y habría muerto desangrado.

«Sabemos lo que te hicieron»

Las fotografías científicas de Ioannis Koutsourais, otro de los investigadores de la Comisión Prim, son estremecedoras. La consistencia de cuero negro del cuerpo embalsamado de Prim, que posteriormente se transformó en una momia por procedimientos que se creen naturales, no deja lugar a dudas. En las marcas se aprecian los pliegues verticales normales en cualquier estrangulación por este procedimiento, con una profundidad extraordinaria.

Los antropólogos forenses una vez que terminaron su labor de reconocimiento sobre la momia se fueron a la Plaza Prim, de Reus, donde está el general en una impactante estatua ecuestre y le dijeron: «Ya sabemos lo que te hicieron». Ellos reconocen que fue algo un poco irracional, pero les salió del alma. Consiguieron aliviar la tensión de haber sentido la mirada de vidrio de Prim con sus ojos abiertos, ojos perfectos de orfebre, durante horas, como en una comunicación enigmática e imposible de lenguaje no verbal.

Prim creía que tenía piel de serpiente, en la que resbalaban las balas, y que no se había fabricado el proyectil que habría de matarle. Se equivocaba doblemente. Por un lado, su piel se abría al impacto de los trabucos, y por otra, el proyectil que le mataría viajaba en el zurrón de uno de sus asesinos, aunque los autores intelectuales, impacientes, harían que un sicario de manos poderosas apretara la correa en torno a su garganta.

En el crimen de Prim todo era falso hasta ahora. Desde la canción infantil: «En la calle del Turco mataron a Prim, sentadito en su coche, con la Guardia Civil», hasta el libro perturbador de Pedrol Rius, ha habido muy escasa verdad y mucha leyenda.

Esta investigación revela cómo un misterioso asesinato debidamente investigado puede ser resuelto, incluso siglo y medio después de haber sido cometido, en un retrodiagnóstico criminológico con los medios precisos. Hasta ahora, lo que escribieron algunos imputados con la intención de confundir ha triunfado en la versión oficial del magnicidio de Prim. Después de la Comisión de Investigación de la UCJC, prácticamente todos los manuales de Historia deben ser corregidos.

Los antropólogos forenses de la Comisión Prim descubrieron profundas marcas en el cuello y la nuca de la momia, que examinadas debidamente y en consonancia con la bibliografía científica consultada, son compatibles con una muerte por una estrangulación a lazo perpetrada con una banda de cuero o cinturón. El autor debía de ser un hombre muy fuerte.

El bravo general Juan Prim i Prats, gran español y gran catalán, fue repetidamente traicionado, víctima de una retorcida conspiración, en la que entran los asesinos más poderosos que soñarse pueda, y que lograron contratar a todos los criminales a sueldo de España. Fue el crimen más caro de toda la historia, en el que se intentó eliminar al presidente del Consejo de Ministros, el hombre más importante del país, lográndolo en el último intento, debido principalmente a que el general pagado de sí mismo, llegó a creerse invulnerable frente a sus enemigos, lo que le hizo ir desarmado en su coche. El general Prim debía estar muerto después del atentado de la calle del Turco el 27 de diciembre de 1870, pero llegó vivo, aunque en mal estado, al palacio de Buenavista, en la Cibeles de Madrid.

Sus asesinos, los que impulsaron el magnicidio, fueron informados de que no había sufrido daños en órganos vitales y empezaron a temer por la posibilidad de que Juan Prim pudiera salir vivo también de ésta. Hasta entonces habían intentado matarle, con derroche de hombres y dinero. El hombre que había compartido la búsqueda de sicarios hasta llenar la noche de Madrid con tres trampas seguidas tomó una decisión rápida.

Primero le negaron al juez de instrucción la posibilidad de ver al herido. Aunque la versión oficial dice que Prim estuvo vivo tres días después de recibir el cañonazo en el hombro izquierdo, su señoría no logró ni hablar con él ni verlo en todo ese tiempo. Por el contrario, una serie increíble de «supuestos amigos» de Prim declaran en testimonios y memorias haber compartido con él las noches de agonía y haber recibido sus confidencias, pero todos mienten o fueron engañados. El general se quedó sin poder ponerse de pie ni hablar tras el trabucazo en el hombro izquierdo.

Además, los médicos, después del primer reconocimiento superficial de los daños y los intentos de parar la hemorragia, perdieron el libre acceso al herido. Y según certifican los profundos surcos de su cuello y nuca, un sicario estranguló al general en su lecho de muerte con una correa o banda de cuero. Los profundos rastros que produjo el arma de la estrangulación en el cuello pueden apreciarse en 2012, en la momia del general en el quirófano del hospital San Joan de Reus.

Como dicen los profesores de Investigación Criminal del Máster Oficial de Criminología de la UCJC, en esta clase de crímenes «puede verse el arma del crimen grabada en la piel como en un negativo fotográfico». Los que en ese momento mandaban y se habían hecho con el poder mintieron por otros motivos.

Primero mandan una noticia falsa a los gobiernos civiles y a los capitanes generales afirmando que Prim ha sido herido leve y que mejora sin complicaciones. La misma mentira que imprimen en el periódico oficial la «Gaceta de Madrid».

En la conspiración que rodea la muerte de Prim, llena de mentiras y falsas declaraciones y documentos, destaca la carta que envían a la madre de Prim, con la que el general está muy unido. Los historiadores afirman que ésta es la última carta que fue escrita por el general. Es supuestamente una misiva apócrifa que se envía a Reus para tranquilizar a la angustiada madre, porque parece complicado que el moribundo sea capaz de escribir ese manuscrito.

Desde el trabucazo, Prim no se recupera, y además, tiene el brazo izquierdo destrozado por el hombro y el codo volado.

Además, la mano derecha está reventada de un disparo, porque recibió de lleno un impacto que le amputó casi por completo el dedo anular y le rompió los metacarpianos. Prim no tenía manos para escribir.

Sin embargo, para confundir la investigación y liar más la resolución de un caso ya complicado de por sí, aparece esta carta que nunca pudo escribir Prim.

De todos modos todas estas investigaciones que se están adelantando estos días no se podrían haber hecho sin el carácter abierto y la inteligencia de Carles Pellicer, joven político y alcalde de Reus.