Sin Perdón

El comportamiento ejemplar de la Corona

«Felipe VI y la reina Letizia, acompañados por sus dos hijas, son la mejor respuesta a la gran pregunta de cuál es el sentido de la Corona en la España actual»

La Monarquía es una de las instituciones más antiguas de la Historia. Ha tenido formas distintas y, como toda obra humana, no es perfecta, como tampoco lo es la República. Su continuidad se fundamenta en que sea considerada útil por la sociedad. A lo largo del tiempo hemos pasado de vasallos a súbditos y, finalmente, a ciudadanos. Los Reyes ya no son propietarios de sus reinos y la soberanía no reside en ellos, sino en la nación. Las constituciones, explícitas o implícitas, así como las convenciones y costumbres democráticas determinan su papel y su forma de relacionarse con el resto de instituciones. La historia y la tradición no son suficientes para garantizar su continuidad en la sociedad del siglo XXI. Ha sido objeto de incontables estudios académicos tanto en sus aspectos conceptuales como históricos. La encontramos recogida en todas las artes. No hay duda de que ha producido y sigue produciendo un gran interés. Las monarquías han sobrevivido gracias a su capacidad para adaptarse a la realidad y las necesidades de sus naciones. No tiene nada que ver con lo que eran en etapas anteriores. Se ha producido una mutación impresionante que va desde las funciones hasta las reglas matrimoniales pasando por el protocolo. Su continuidad depende ahora de su proximidad con los ciudadanos y su ejemplaridad. No hay unas corte y unos cortesanos. Nadie piensa o defiende que la legitimidad de la Corona se fundamente en un derecho divino. El refrendo de la Historia es un concepto tan interesante como peligroso, porque puede ser utilizado en uno u otro sentido. Es bueno recordar que la monarquía japonesa sobrevivió, a pesar de la responsabilidad del emperador en la Segunda Guerra Mundial, por la inteligente decisión del general MacArthur. La detención y procesamiento de Hirohito hubiera tenido unas consecuencias catastróficas. En cambio, el emperador siguió como símbolo milenario de la nación, aunque circunscrito a unas funciones protocolarias y una autoridad moral. Era necesario acabar con el peligroso militarismo japonés y la cultura samurai que permanecía arraigada con gran fuerza en la sociedad, a pesar del triunfo de la Revolución Meiji y el fin del shogunato Tokugawa. La nueva constitución comportó, incluso, la desaparición de los títulos nobiliarios. Otras monarquías que en su día fueron muy poderosas y tenían una gran aceptación popular acabaron por desaparecer como la francesa, alemana, italiana, rusa, austrohúngara… Todas habían evolucionado dentro de los modelos constitucionales de la época, pero desaparecieron por diversas razones. Hubo causas diversas de fondo y unas formales como las derrotas militares que hicieron imposible su continuidad.

España ha estado gobernada por sistemas monárquicos o aristocráticos desde la época de los romanos, aunque podemos incluir a los íberos, celtas y celtíberos con matices por la diversidad de sus pueblos y la ausencia de fuentes fiables. Ha sido algo característico de la Historia de la Humanidad desde el inicio de la civilización, aunque lo encontramos, una vez más con matices, en los sistemas tribales previos. En dos ocasiones hemos sido gobernados por una República y ambas han sido un fracaso. Todos los reinados de los monarcas de la Casa de Borbón desde Carlos IV han sido complicados. Por supuesto, nos podemos remontar a los godos y veríamos la interesante evolución de la institución.

La edad contemporánea comenzó con el enfrentamiento entre Carlos IV y su hijo que finalizó con las abdicaciones de Bayona. Fernando VII regresó del exilio para recuperar la Corona gracias a la derrota napoleónica en la Guerra de la Independencia. Es uno de los reyes más polémicos y controvertidos, pero, para disgusto de los liberales y la moderna historiografía, era enormemente popular y querido por el pueblo. Su hija menor de edad, Isabel II, comenzó su reinado con una brutal guerra civil que ganaron sus partidarios, pero años después tuvo que partir al exilio. De ahí llegó su hijo Alfonso, gracias al fracaso de la Primera República y al pronunciamiento de Sagunto, para convertirse en rey. Es uno de los monarcas más interesantes, pero murió joven. Alfonso XIII nació siendo rey, pero perdería la Corona con el triunfo republicano en las grandes ciudades en las elecciones municipales de 1931. La Segunda República fue otro gran fracaso, con permiso de los historiadores sanchistas y algunos políticos ignorantes, como la Guerra Civil y la Dictadura de Franco. A don Juan Carlos afecta la costumbre del príncipe que llega del exilio. España era un reino sin rey y Franco excluyó al rey legítimo, don Juan, y nombró a su hijo como sucesor. No me voy a apuntar a esta nueva moda de atacar al padre para ensalzar al hijo. Don Juan Carlos fue un gran rey, un patriota y un servidor público eficaz que cometió errores. El principal fue que, en estos tiempos, los reyes no se deben enamorar fuera del matrimonio. En cualquier caso, ha pagado muy caro sus equivocaciones.

Felipe VI y la reina Letizia, acompañados por sus dos hijas, son la mejor respuesta a la gran pregunta de cuál es el sentido de la Corona en la España actual. Ha demostrado que es un servidor público riguroso, prudente y ejemplar. Por cierto, no necesita más familia para cumplir con sus responsabilidades institucionales, aunque cuenta, también, con doña Sofía. Tanto en la Dana como en los incendios ha estado donde tenía que estar en todo momento y ha trasladado esos mensajes y ese cariño que se espera del jefe del Estado. No es necesario acudir a la historia, la tradición o la sangre para defender la continuidad de la institución frente al modelo republicano, porque se defiende ella sola gracias a la labor de los Reyes. La realidad histórica y actual de España, desgraciadamente, hace imprescindible que la jefatura del Estado no tenga ningún sesgo partidista para ser independiente y realizar con eficacia su papel institucional. No hay más que ver lo que ha sucedido con las recientes catástrofes.

Francisco Marhuenda. De la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE)