Opinión

El proyecto de Europa corre peligro

La Razón
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No parece, a tenor del bajo perfil que los partidos políticos españoles vienen adoptando ante las elecciones al Parlamento Europeo, que los ciudadanos sean conscientes de lo mucho que se juegan en unos comicios, desde luego, ni tan lejanos ni tan ajenos. De hecho, buena parte de la legislación que organiza la vida social de los países de Europa, –medidas medioambientales, tributación fiscal o exenciones al mercado interior– , cada vez viene más condicionada por las directivas europeas, que, en un futuro nada remoto, acabarán por sustituir a los corpus legales nacionales. Pero el Parlamento Europeo no sólo ejerce competencias legislativas junto a la Comisión Europea, sino que es el supervisor de todas las instituciones de la UE y responsable de la elaboración de los Presupuestos plurianuales. Es decir, marca las líneas inversoras que condicionaran el desarrollo económico continental. Finalmente, la Cámara comunitaria debate la política monetaria con el Banco Central Europeo, de cuya influencia en el devenir de cada elector hemos tenido suficiente muestra a lo largo de estos años de severa crisis financiera internacional. Y, sin embargo, como señalábamos al principio, los ciudadanos no acaban de percibir el creciente papel que la Eurocámara va ejerciendo en su día a día, tal vez, porque Europa se ha ido construyendo sobre bases eminentemente economicistas, de apertura de los mercados, que han sido percibidas como excluyentes por amplios sectores de la población, cuando no como directamente dañinas para unos modos de vida tradicionales. Decisiones, muchas de ellas, tomadas fuera de los cauces estrictamente democráticos que, por fuerza, han devaluado el papel de la Eurocámara a los ojos del ciudadano de a pie y que, en consecuencia, favorece a quienes, desde posiciones nacionalistas, pretenden revertir el proceso de integración. Hoy, es preciso reconocerlo, y si no hay está el Brexit, crece el número de los euroescépticos que, bajo la pretensión de recuperar perdidas soberanías, solo buscan la laxitud de las nuevas reglas del juego para poder aplicar las antiguas, aquellas que favorecían los pequeños intereses locales, aunque a costa de la distorsión de los mercados, de la libre circulación de personas y mercancías, y de la igualdad de derechos ciudadanos. Esta situación ha desdibujado la clásica división ideológica entre la izquierda y la derecha, para abrir un nuevo eje de confrontación entre quienes pretenden mantener el proceso de integración hasta su culmen y quienes opinan que se ha ido demasiado lejos y piden un repliegue nacional. De ahí la importancia de esta cita electoral para quienes creemos que el proyecto de la unificación europea, un sueño que parecía condenado por la historia, es el modelo al que se debe aspirar. En España, importa que las formaciones europeístas, como el Partido Popular y el PSOE, obtengan buenos resultados que ayuden a reforzar a sus grupos de la Eurocámara frente al ascenso de los euroescépticos que pronostican los sondeos. Porque la prevista caída en votos de los partidos de la extrema izquierda, como Podemos o Syriza, puede no ser suficiente para compensar el resurgimiento de los populistas en Italia, Francia, Holanda y Alemania, y la creciente reacción nacionalista de gobiernos como los de Hungría, Polonia o Austria. Por lo tanto, y aunque comprendemos que el desafío de las elecciones autonómicas y municipales tiende a devaluar la apuesta comunitaria, los líderes políticos españoles deberían otorgar a los comicios europeos la atención que se merecen. El peso de España no es pequeño y sus eurodiputados pueden ser fundamentales en la conformación de una coalición europeísta lo más amplia posible.