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El rival del PP es Pedro Sánchez

Tiempo de lectura 4 min.

19 de mayo de 2019. 02:19h

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19/5/2019

En la entrevista con Pablo Casado, que hoy publica LA RAZÓN, el líder popular insiste en una afirmación que en otras circunstancias pecaría de obvia: la vocación del PP como partido de centro, enmarcado en el ámbito de la moderna derecha occidental. Sin embargo, el mero planteamiento de la cuestión denota, cuando menos, la confusión, muchas veces interesada, que han podido provocar algunas intervenciones de los candidatos populares en las pasadas elecciones generales, al calor de la campaña, que, por supuesto, venían dadas por la irrupción de un partido a su derecha, con un discurso tan populista como efectista. Pero, si bien, el Partido Popular ha podido cometer errores, el peor de ellos sería insistir en unos presupuestos políticos que le son ajenos. El partido que preside Pablo Casado, tras ganar unas elecciones primarias a doble vuelta, es el mismo que ha hecho posible la recuperación de España en las dos últimas crisis económicas, la del año 1996, con José María Aznar al frente del Gobierno, y la de 2012, mucho más grave que la anterior, con Mariano Rajoy, y lo ha hecho desde posiciones de moderación, en difícil equilibrio entre las reformas que se debían acometer y el mantenimiento de unos servicios sociales comprometidos por la práctica quiebra de la hacienda pública. Es cierto, y nunca lo hemos ocultado, que la presidencia de Mariano Rajoy, especialmente en la política fiscal de su primer mandato, adoptó excesivos rasgos socialdemócratas que, naturalmente, acabaron por pasarle factura en las urnas. Pero cabría preguntarse si una reducción brutal del gasto público, con el consiguiente recorte del estado de bienestar, que nunca se produjo, hubiera sido factible en esas circunstancias de angustia social, con el paro desbocado y los populismos de izquierda en plena vorágine de la «agitprop». Igualmente, y a ello se refiere con claridad Pablo Casado en la entrevista, hubo que hacer frente a los casos de corrupción, muchos de ellos producidos en tiempos de bonanza, pero que estallaron –y fueron diligentemente exagerados hasta la náusea por la oposición– cuando muchos españoles no podían hacer frente a sus facturas. Finalmente, queda la cuestión del golpismo separatista en Cataluña, en la que, tal vez, el Partido Popular dilató demasiado los tiempos de respuesta. Pero pocos, tras una reflexión pausada, discreparán de que la actitud del Gobierno de Rajoy, con el PSOE instalado en una cómoda equidistancia hasta que no quedó más remedio que aplicar el artículo 155, fue intentar la avenencia y, cuando ésta no fue posible, actuar con la garantía de nuestros tribunales de Justicia. Porque suele olvidarse que, en juego, también estaban los derechos políticos de los ciudadanos de una parte de España. Las soluciones voluntaristas, tanto las que apelaban al diálogo, como las que pedían estados de excepción, quedan bien en los discursos, pero acaban por ser contraproducentes. Sin embargo, no se trata de glosar los logros del Partido Popular, para lo que tendríamos que traer a escena las patrañas demagógicas que prodigó la izquierda –lo de los niños que se morían de hambre en Madrid, sin ir más lejos– sino de insistir en lo que mantiene Pablo Casado: que el PP sigue ideológicamente donde solía y que el verdadero adversario es el PSOE que hoy encarna Pedro Sánchez, pero que sigue propugnando para los problemas que acucian a la sociedad española las mismas soluciones fallidas. Con un agravante, que a menos que el próximo Gobierno socialista pacte el apoyo de Ciudadanos para la legislatura, –lo que no es en absoluto descartable por más que Albert Rivera, urnas mandan, lo niegue– tendrá que contar con los radicales de Podemos, cuya idea de la economía ha producido éxitos tan notables como el de Venezuela.

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