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Felipe VI es democracia y libertad

Tiempo de lectura 4 min.

18 de junio de 2019. 02:48h

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18/6/2019

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El 19 de junio de 2014, Felipe VI fue proclamado Rey ante las Cortes Generales. En su discurso, marcó con claridad el sentido de lo que debe ser un Rey de una democracia avanzada: «Accede a la primera magistratura del Estado de acuerdo con una Constitución que fue refrendada por los españoles y que es nuestra norma suprema desde hace ya más de 35 años». Diecisiete días antes, el 2 de junio, su padre Don Juan Carlos anunció su abdicación, por lo que el heredero de la Corona hubo de hacer frente a una crisis institucional que nuestra historia política tras la Transición desconocía –aunque esta eventualidad estuviese prevista– y a una coyuntura política especialmente compleja. El relevo en la Jefatura del Estado fue ejemplar; las dos grandes fuerzas políticas mayoritarias en el Parlamento, PP y PSOE, actuaron con gran sentido de la responsabilidad y hubo un unánime reconocimiento de la sociedad española hacia el papel de la institución monárquica en la restauración de la democracia, incluso después de los errores cometidos en la gestión de asuntos de la Familia Real y del propio Monarca. Dos años antes, en junio de 2012, la crisis económica había ahogado financieramente a España y la había situado al borde del rescate; el descontento social era evidente y el punto de mira se había dirigido a la clase política, al conjunto de las instituciones del Estado y también a la Monarquía. Felipe VI entendió este giro social y ha hecho de su reinado la búsqueda de un consenso social y hacer que la institución que representa conecte con el conjunto de los intereses de la sociedad. «Las exigencias de la Corona no se agotan en el cumplimiento de sus funciones constitucionales. He sido consciente, desde siempre, de que la Monarquía parlamentaria debe estar abierta y comprometida con la sociedad a la que sirve; ha de ser una fiel y leal intérprete de las aspiraciones y esperanzas de los ciudadanos, y debe compartir –y sentir como propios– sus éxitos y sus fracasos», dijo en su discurso del 19 de junio de 2014. Tres años después, el 3 de octubre de 2017, tuvo que hacer frente al mayor desafío de nuestra democracia, cuando se dirigió al conjunto de los españoles en un momento en el que la Generalitat había declarado la independencia de Cataluña, como así se refirió él mismo. Su discurso fue un defensa de la democracia que estaba siendo vulnerada «de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno». Los que en aquellos días críticos le censuraron por haber tomado partido por una parte del conflicto –incluso desde el llamado catalanismo moderado, si algo quedaba de él– no habían entendido que el Rey constitucional sólo podía estar al lado de la Carta Magna y de la democracia que había sido gravemente vulnerada. Es como si su padre, la noche del 23 de febrero de 1981, hubiese mantenido una posición equidistante entre golpistas y diputados secuestrados. «Han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando –desgraciadamente– a dividirla. Hoy la sociedad catalana está fracturada y enfrentada», añadió en lo que es ya un discurso histórico. Don Felipe es ahora un valor que da estabilidad en una situación política fraccionada, un ejemplo de diálogo, tolerancia y confianza en las posibilidades y el talento de la sociedad española. En estos momentos, defender la Monarquía es defender la democracia.

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