Teherán

Irán no es un país amigo

La Razón
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Europa ha recibido con general elogio el tratado por el que el régimen teocrático de los ayatolás renuncia a llevar a cabo, al menos durante los próximos 25 años, cualquier programa nuclear de carácter militar. En efecto, que un país como Irán, enemigo declarado de Israel, sostenedor de grupos terroristas como Hamas o Hizbulá y alineado desde 1979 con las posiciones más antioccidentales llegue al estatus de potencia nuclear supondría una amenaza para la estabilidad internacional que era preciso conjurar. No conviene, sin embargo, lanzar las campanas al vuelo, como si volviera al concierto de las naciones un hijo pródigo, temporalmente extraviado, y no la misma potencia regional con deseos expansionistas que tanta responsabilidad tiene en la actual desestabilización de Oriente Próximo. Más aún cuando Teherán se ha convertido, de facto, en el campeón de las minorías árabes chiíes y mantiene una guerra por procuración con la otra potencia regional, Arabia Saudí, que está perdiendo su ascendente sobre Washington a medida que el integrismo islamista suní extiende sus tentáculos desde Nigeria a Siria, y la brutalidad de sus acciones conmociona al mundo. Por supuesto, siempre es preferible que un país con la potencialidad económica y tecnológica iraní se abra al mundo y se integre en las grandes líneas de la globalización a que busque por otros medios la posición internacional a la que se considera acreedor, pero en lo inmediato, como ha reconocido el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es preciso insistir en que no se ha llegado a un acuerdo con un país amigo, sino con un régimen totalitario que desprecia los principios de libertad, democracia y respeto a los derechos humanos que informan Occidente. Salvando las distancias que se quieran, debemos tener en cuenta lo ocurrido con el tratado que impulsó el ex presidente Bill Clinton con Corea del Norte y que, pese a las esperanzas suscitadas, no impidió que la tiranía de los Kim se hiciera con el arma nuclear. Por lo tanto, se debe exigir desde el primer minuto el estricto cumplimiento por parte de Teherán de las obligaciones contraídas, especialmente el libre acceso a las instalaciones nucleares de los inspectores de la OIEA, antes de considerar que se ha terminado el trabajo. Las circunstancias coyunturales, por muy relevantes que sean –y la amenaza del integrismo suní lo es–, no pueden servir de excusa para un cambio de alianzas, como tampoco las expectativas de nuevos negocios y precios del combustible más bajos justifican que Occidente obvie la naturaleza del régimen iraní. Se aducirá que Arabia Saudí no es, precisamente, un ejemplo de tolerancia y respeto a los derechos humanos pero, al menos, Ryad nunca ha amenazado con borrarnos del mapa.