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La buena gestión de Rajoy, un aval para el futuro del PP

Tiempo de lectura 4 min.

05 de junio de 2018. 22:21h

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5/6/2018

Era la una en punto del mediodía de ayer cuando Mariano Rajoy anunció desde la sede del PP en la madrileña calle de Génova y ante el Comité Ejecutivo del partido que ponía «punto y final» a su trayectoria política. «Es lo mejor para mí y para el PP y creo que también para España», dijo. Esta decisión cierra una semana negra, traumática, emocionalmente intensa, que empezó con una moción de censura presentada por el PSOE tras conocerse la sentencia sobre Gürtel y que en apenas unos días ha terminado sorpresivamente con el Gobierno de Rajoy, justo cuando la economía española remontaba el vuelo tras los años oscuros de la crisis. Nadie contaba con este desenlace, pero tampoco nadie esperaba que Pedro Sánchez tuviese el apoyo de los independentistas. Ese es el nudo gordiano de esta situación. La decisión de Rajoy le honra, aunque él mismo la ha considerado necesaria para relanzar el partido y salir de esta situación sin duda desconcertante, pero que no debería ocultar su obra de gobierno. El ex presidente, fiel a su estilo, no utilizó la autoelogiosa fórmula de que hacía un «sacrificio», sino que era consciente de su responsabilidad y de que su ciclo político había llegado a su fin. Su herencia no se medirá por su capacidad de liderazgo, comunicación, telegenia, ni otras virtudes de los «hiperliderazgos» actuales, sino por la solidez de su programa, seriedad y cumplimiento. Ahí están los datos objetivos y cuantificables: deja una España mucho más próspera que la que recibió 2011 en un momento agónico, al borde del rescate, con todos los indicadores bajo mínimos y el resquemor de los mercados ante nuestra solidez. Rajoy no sólo ha enderezado estos datos, sino que ha situado a España en la senda del crecimiento, por encima de los países de la UE. Sánchez deberá ser consciente de ello, reconocerlo y no malgastar la herencia. Tras el trabajo realizado, convendría evitar los experimentos a los que este nuevo PSOE es aficionado, siempre que los conservadores hayan enderezado antes la situación.

El PP pasará a la oposición y lo hará, dado el recurso de una moción anómala, en defensa de la propia obra de gobierno y «de la demolición que se anuncia». Sin embargo, lo que ha sucedido estos días no ha sido un simple relevo, sino el resultado del empleo incorrecto y desleal de la moción de censura, que pierde su condición necesaria de ser «constructiva». Es decir, no sólo se trata de censurar al Ejecutivo, sino de presentar el programa detallado del candidato. Sánchez no lo hizo; simplemente enunció cuatro puntos imprecisos y sólo puso encima de la mesa el único programa con el que se presentaba: echar a Rajoy. Fue fácil convocar a un cúmulo de partidos –Podemos, los independentistas catalanes y Bildu, siempre dispuestos a la desestabilización– para una operación de derribo. El papel del PNV merece un capítulo aparte: su voto favorable –después de apoyar los presupuestos presentados por Rajoy– entrará a formar parte de las primeras iniciativas del grupo popular en la oposición. Por un lado, si los presupuestos son devueltos al Congreso, podremos asistir a la extraña ceremonia de ver a Sánchez defenderlos después de haberlos despreciado; por otro lado, deberá hacernos reflexionar a todos sobre el papel que el nacionalismo vasco en este caso ocupa en la política española, con su comercial y antisolidario sentido de la política. Rajoy ha aceptado el papel del PP como primer partido de la oposición, pero está en el derecho de ejercerla con dureza porque, no nos engañemos, el objetivo de Sánchez no era convocar elecciones sino ayudarse de La Moncloa para salir del estado de debacle en el que está situado su partido: 84 diputados y cinco millones menos de votantes. Rajoy lo volvió a recordar ayer: el nuevo presidente no ha ganado ninguna de las dos elecciones en las que fue cabeza de lista del PSOE. La «ambición atropellada» de Sánchez ha desencadenado una situación que marca un precedente grave en la historia de la democracia española, el que ha permitido que quien no ha ganado nunca las elecciones acabe gobernando. Rajoy asumió la presidencia del partido en 2003 y desde entonces ha perdido dos elecciones generales (2004 y 2008) y ha ganado tres (2011, 2015 y 2016). Ser concejal en Pontevedra, diputado y ministro para acabar siendo presidente de España es la trayectoria lógica de un leal servidor del Estado. Es un ejemplo de la buena vieja política.

Rajoy pone punto y final y se abre así un proceso de relevo y renovación del PP. Durante estos años no ha dado muestras de querer que su sombra se proyecte sobre el partido. En los partidos grandes, estructurados y vertebradores de la política nacional hay que acumular la experiencia del buen gobierno, de un equipo de cuadros cualificados capaces de ponerse al frente de España cuando les toque, pero evitando las tutelas. Rajoy da vía libre para elegir a un nuevo líder tras un congreso que no deberá demorarse. El PP tiene capital político, militantes, votantes y, sobre todo, capacidad para gobernar de nuevo en España. La gestión de Mariano Rajoy es su mejor aval.

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