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Laicismo y protección del patrimonio

Tiempo de lectura 4 min.

16 de abril de 2019. 21:46h

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16/4/2019

La imagen incendiada de Notre Dame de París ha golpeado con fuerza al mundo. Ver las llamas haciendo caer su aguja de cien metros y como avanzaban irremediablemente hacia una devastación total ha hecho despertar la conciencia de que todo, incluso las grandes obras de la humanidad, pueden ser perecederas. Detrás de esa impotencia ante un hecho fortuito –aunque no remediable– hay unas causas que con el tiempo, y a medida que se supere el primer impacto, deberán hacer reflexionar. Ahora, cuando ya ha sido pasto de las llamas, se admite que el estado de conservación de Notre Dame era lamentable, muy por debajo de lo que se espera de un templo que el año pasado recibió 14 millones de visitantes. Se admite ahora que en el sobretecho de madera y bronce donde empezó el fuego había almacenado restos constructivos y ornamentales de todo tipo; además de gárgolas rotas o balaustradas sustituidas por tubos de plástico. El fuego ha revelado que Notre Dame no estaba cuidada correctamente, o sólo lo estaba a la altura de otro monumento nacional del mismo rango, pero no más. Además de ser un símbolo de la cultura universal y de lo que significa Europa como unidad espiritual, era ante todo un templo de la cristiandad, que nació con el desarrollo de la ciudad, de su comercio y de su progreso civilizatorio. Es en este sentido, que la construcción europea no puede desvincularse de su raíz cristiana, algo que hay que remarcar constantemente porque el laicismo es un mandato ideológico y jurídico –desde 1905, el templo es propiedad francesa–, pero en ningún caso es la abolición, el ocultamiento o el abandono de la fe católica, como bien sabe la sociedad francesa. Notre Dame es un gran reclamo turístico –lo seguirán siendo aun con sus muros oscurecidos ahora–, pero que ha sido afectado por la negligencia de un laicismo que sometía al templo a los rigores presupuestario exigidos. En 2017, conservacionistas franceses y el propio arzobispado de París calcularon que se necesitaban más de 100 millones de euros para reparar las zonas más dañadas de la catedral, una cantidad que no responde a lo que destina el Estado francés para su manteniendo: dos millones de euros anuales. Sólo el mantenimiento de la emblemática aguja que hemos visto caer hubiera necesitado 10 millones, aquejada de grietas, y reforzar los arbotantes –un elemento muy reconocible de la arquitectura de Notre Dame para soportar el peso de la nave desde unos arcos exteriores, lo que permite su esbeltez–, que superaría los 20 millones. Así fue denunciado. El suceso vivido en París debe hacernos reflexionar sobre el gran papel que la Iglesia desempeña, por lo menos en España, en el cuidado del patrimonio religioso. En su Memoria de Actividades, la Conferencia Episcopal apunta que fue la Iglesia la que, solo en 2016, promovió 373 proyectos de conservación y rehabilitación de templos por valor de 71,3 millones de euros. Es más, añade, en los últimos cinco años, la cantidad asciende a más de 356 millones de euros. Parte del éxito para mantener este ambicioso plan de conservación depende en buena medida de la entrada que se cobra a los visitantes. La Iglesia está inmersa en muchos proyectos sociales y de ella depende en buena medida aspectos como una parte no menor de asistencia a la que el Estado no llega, por lo que no se puede hacer demagogia sobre supuestos privilegios, sino reconocer su papel central. A través de aportación voluntaria del IRPF a la Iglesia en los últimos cinco años, 356 millones de estos fondos han sido destinados a reformar templos. Ocultar o asfixiar el papel de los católicos en la convivencia y en la consecución de un mundo civilizado a través de un laicismo sectario es un error y una injusticias que a veces tiene graves consecuencias.

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