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Por una movilización histórica contra el desafío separatista

Tiempo de lectura 4 min.

25 de septiembre de 2015. 21:47h

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25/9/2015

Los últimos mítines pusieron ayer el cierre a la campaña electoral más decisiva de la reciente historia democrática de Cataluña. Han sido dos semanas que han girado abrumadoramente en torno a los beneficios y los perjuicios de la independencia de la comunidad, pese a que la cita del 27-S decide unos comicios autonómicos. El frente separatista de Artur Mas se ha sentido reconfortado en un intercambio de pareceres en los que su gestión no sólo no ha estado en un primer plano, sino que ni siquiera ha aparecido de soslayo. El peor presidente de la Generalitat de la historia de Cataluña no tenía nada que ganar si la campaña se desviaba del pulso por la independencia y sí mucho que perder si se ponía el foco en su nefasta acción de gobierno. Los partidos constitucionalistas, por el contrario, han entendido que la clave de las elecciones autonómicas del 27-S estaba en lograr una movilización masiva de su electorado, especialmente de ese sector clave que normalmente esquiva los comicios territoriales y se limita a a votar en los generales, y aquí la amenaza de la ruptura resultaría el reactivo más eficaz. Todos han sido y son conscientes de la trascendencia de las elecciones y de lo que está en juego. Y no es, como claman Mas, Junqueras, Romeva o Forcadell, el futuro de Cataluña como Estado independiente. En este sentido, ellos han contraído con sus seguidores la responsabilidad de una monumental mentira en torno a un espejismo, la secesión, pero será su problema explicar después del 27-S cómo es posible que Cataluña siga formando parte de España. Puede que sólo entonces miles de catalanes entiendan que lo que ha movido a los políticos secesionistas ha sido el negocio de la búsqueda de la independencia. La relevancia especial del 27-S pasa por la necesidad de poner fin al régimen que ha sumido a Cataluña en la excepcionalidad política, institucional, social y hasta jurídica. Y acabar con esa situación no es sólo poner coto a las aspiraciones rupturistas, sino también alejar del horizonte de una comunidad repleta de problemas un escenario de crispación, enfrentamiento y fractura civil como el que los gobernantes irresponsables han alentado y alientan con iniciativas como la declaración unilateral de independencia o los llamamientos a la insumisión y a la desobediencia. Por eso, Cataluña necesita una mayoría parlamentaria que sostenga a un gobierno respetuoso con el marco jurídico y que tenga como prioridad garantizar la prosperidad y el bienestar de la gente. Una mayoría en la que entendemos que el PP necesita y merece el respaldo popular suficiente para ser determinante por su defensa de los principios y libertades constitucionales durante décadas en Cataluña, su eficiente gestión en España y, muy especialmente, su compromiso con la unidad de la nación, a diferencia de la indefinición de partidos como el PSC o del tacticismo oportunista y la inconsistencia de Ciudadanos. Pero, por encima de otros condicionantes, estas elecciones son las de los ciudadanos de Cataluña. Ellos son los que tienen la palabra y la posibilidad de acabar con una aventura disparatada y con un clima de intolerancia, sectarismo y corrupción promovido por la Generalitat separatista y sus cómplices. Es la hora de que esa mayoría silenciosa hable alto y claro para que otros no decidan por ella su futuro y el de sus familias. Será el mejor ejercicio de lealtad con el interés general. Será un grito de libertad.

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