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Putin-Trump: pinza contra Europa

Tiempo de lectura 4 min.

16 de julio de 2018. 22:30h

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16/7/2018

El tono relajado, incluso amigable, que ha presidido la cumbre bilateral entre Estados Unidos y Rusia debería interpretarse como una buena noticia para la futura estabilidad internacional si no fuera porque el actual presidente norteamericano, Donald Trump, parece decidido a volver a los tiempos de la «coexistencia», en los que cada una de las superpotencias nucleares respetaban sus respectivas áreas de influencia por encima de cualquier consideración. Así, y más allá de las amables palabras y de las promesas de acometer una nueva fase de desarme, los únicos compromisos tangibles hay que buscarlos en la aceptación como hecho consumado de la ocupación por parte de Moscú de la península de Crimea y del este de Ucrania, y en la reafirmación del estatu quo interfronterizo entre Siria e Israel, que, dicho en otras palabras, supone la renuncia de Washington a intervenir contra el régimen de Bashar al Asad. Era previsible porque aunque la Prensa norteamericana, muy crítica con su presidente, haya dibujado la caricatura de un Trump veleta, irreflexivo y poco constante, la realidad está demostrando que el nuevo inquilino de la Casa Blanca no retrocede ni ante las críticas ni ante los razonamientos y está dispuesto a llevar a cabo las acciones que más se ajustan a su «América Primero», lema que condensaba su programa electoral. Y en el imaginario trumpiano, como en el de la mayoría de los norteamericanos del común, la vieja Europa no pasa de ser un club de gentes aprovechadas, que trasladan la responsabilidad de su propia defensa a Estados Unidos y con el dinero que se ahorran en gastos militares pueden mantener una asistencia sanitaria mejor que la estadounidense y financiar una Agricultura que compite deslealmente. No está dispuesto, pues, Donald Trump a respaldar una política de confrontación con Rusia a costa de Ucrania, mientras los socios europeos de la OTAN no contribuyan financieramente en igualdad de condiciones. La distensión con el presidente Vladimir Putin, pese a las advertencias en contra de un amplio sector del Pentágono y de numerosos congresistas demócratas y republicanos, se antoja a Trump como una manera de presionar a los rácanos europeos y, al mismo tiempo, de garantizarse un flanco tranquilo en su pugna comercial con China. Sin embargo, el problema es que la anexión de Crimea venía precedida de otras intervenciones rusas en los antiguos territorios soviéticos, como Georgia, con las secesiones de Abjasia y Osetia del Sur, convertidas en protectorados del Kremlin, o las maniobras desestabilizadoras en Macedonia y Montenegro, en una clara política expansionista que la Unión Europea estaba obligada a desalentar. En cualquier caso, el desarrollo las consecuencias posteriores de esta cumbre, que, mal que nos pese, ha devuelto a Rusia parte del status perdido, dependerán de la interpretación que haga el presidente Putin de la actitud de Trump. De momento, Moscú ya ha señalado que es preciso atender a los numerosos puntos de tensión que hay actualmente en el mundo, una labor que se debe afrontar desde la colaboración entre Estados Unidos y Rusia. Bruselas debería tomar nota de esta victoria geopolítica que, graciosamente, se le ha concedido a Putin y urgir a los socios europeos a plantear y desarrollar de una vez por todas una verdadera política exterior comunitaria, por encima de los intereses nacionales. Rusia, no lo olvidemos, se siente amenazada por la expansión que han experimentado la OTAN y la Unión Europea en los últimos veinte años, y no cejará.

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