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Respeto al dolor en Barcelona

Tiempo de lectura 4 min.

17 de agosto de 2018. 23:48h

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17/8/2018

El Estado mostró ayer en Barcelona su determinación y firmeza contra el terror yihadista. Y lo hizo desde la solidaridad con las víctimas de esta barbarie. Todas las administraciones –la estatal, la autonómica y la municipal– quisieron arropar a los que sufrieron el zarpazo terrorista en el primer aniversario de la matanza de Barcelona y Cambrils. Al frente de todas ellas, la primera institución del Estado: Su Majestad el Rey. Ayer era un día para dejar de lado las diferencias –muchas veces enconadas e irracionales por parte de quienes quieren destruir nuestra convivencia constitucional– para mostrar, al menos en esa ocasión, unidad de acción y de lucha frente a los que quieren imponer una dictadura teocrática medieval. Pese al intento de la mayoría por aparcar la crispación, algunos intentaron adentrarse en la provocación. Intento estéril. Una minoría encabezada por los CDR, lejos de la zona del homenaje, intentó la algarada. Algo que fue rápidamente acallado por cientos de personas, con banderas españolas, que no estaban dispuestas a que unos radicales –otros– destruyeran la fuerza que da la unión frente al terror. Desde la Generalitat, el presidente, Quim Torra, después de días de desplantes en los medios de comunicación a la Monarquía de todos, tras manifestar su sincero reconocimiento a los profesionales de los Mossos y de seguridad, sanidad y emergencias en el 17A, trató de deslizar un mensaje político, al recordar por su «vocación de servicio» al ex consejero de Interior Joaquim Forn, «injustamente» en prisión, y al mayor de los Mossos, Josep Lluís Trapero. De nuevo no quiere ver que están siendo juzgados por unos hechos gravísimos, un desacato al Estado y a las leyes constitucionales y que de ello deberán rendir cuentas en los tribunales, ante los que todos somos iguales. El desprecio al Estado también tuvo su protagonismo entre los CDR y las asociaciones como ANC u Òmnium, que aplaudieron la colocación de dos grandes pancartas en lugares céntricos de la ciudad. Sin haberse responsabilizado directamente, estas organizaciones independentistas se beneficiaron del doble juego del Ayuntamiento de Ada Colau. A ella le correspondía la retirada de los carteles. Nada se hizo. Como ayer apuntaban desde la oposición, resulta cuando menos chocante el «agravio comparativo» entre los comerciantes y restauradores y las asociaciones independentistas, ya que a los primeros se les aplican las ordenanzas de forma extremadamente exigente o se deja sin perseguir la competencia ilegal y desleal, que no paga impuestos, de los «manteros», mientras el Gobierno municipal hace la vista gorda a incumplimientos mucho más graves como las pancartas que insultan al jefe del Estado. Esa desidia en la defensa de los valores de todos se pudo contemplar también, lamentablemente, en el propio Palacio de La Moncloa. Al tuit de solidaridad con las víctimas publicado en español le acompañaba una bandera española. No así al que rezaba con el mismo lema en catalán. Un «error humano» –según Presidencia del Gobierno– que fue corregido con posterioridad. Sin duda son «errores» que no pueden suceder. Alguien podría interpretar que, desde La Moncloa, se pliegan a su voluntad y a sus delirios. Ayer, con el Rey en cabeza, fue un acto de homenaje a las víctimas del terrorismo islamista. De respeto hacia sus familias. No era día para el confuso y torticero discurso nacionalista. Algunos lo entendieron correctamente. Unos pocos, cegados por el pensamiento único, volvieron a equivocarse. Lo cierto es que ayer, en La Rambla también, las fuerzas de Seguridad –Policía Nacional, Mossos d'Esquadra, Guardia Civil y Policía Local– se reivindicaron como garantes de nuestras libertades y nuestra seguridad. De todos. Por todos.

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