«Se queda con nosotros»

La Razón
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Alrededor de tres horas antes de que se hiciera efectiva su renuncia, Benedicto XVI se asomó al balcón central del palacio de Castelgandolfo para saludar a las miles de personas reunidas en la plaza. Fue el último acto público de su pontificado, en una jornada histórica para la Iglesia y para el mundo. A las 20:00 horas de ayer, la silla de Pedro quedó vacante y arrancó el proceso que culminará con la elección del nuevo Pontífice. Desde ese instante, también Joseph Ratzinger dejó de ser el líder espiritual de los más de 1.200 millones de católicos que hay en el mundo y se convirtió en Papa emérito. Las últimas palabras dirigidas a los cardenales en su despedida en el Vaticano simbolizan su gigantesca dimensión espiritual y su absoluto compromiso con la Iglesia y lo que representa. «Entre vosotros está el futuro Papa, al que prometo mi respeto incondicional y obediencia. Continuaré rezando, especialmente en estos días (del cónclave)». Humildad, entrega, cercanía y lealtad. Los casi ocho años de su pontificado sólo pueden definirse por la intensidad espiritual y pastoral que fue capaz de imprimir en la vida de la Iglesia. Y también por la capacidad y la fortaleza para sobreponerse a lo inesperado y para ejercer un magisterio de una altura extraordinaria. Sus encíclicas y libros, sus viajes –especialmente los tres que realizó a España–, su atención muy particular a asuntos como la liturgia, la unidad de los cristianos, el diálogo con otras religiones, su firmeza y claridad en las intervenciones contra los casos de abusos configuraron un papado de una densidad y alcance de trascendencia histórica. Con la renuncia del Santo Padre, la Iglesia católica queda en manos de la figura del camarlengo, en este caso el cardenal Tarcisio Bertone, que será el administrador económico de la Iglesia y preparará el cónclave para la elección del nuevo Pontífice. LA RAZÓN publica hoy una entrevista en exclusiva con Bertone, y sus reflexiones no sólo demuestran el sentido común y la sensatez de los que hizo gala como secretario de Estado, sino también su profunda admiración por la figura y la obra del Papa Ratzinger. «El Santo Padre se queda con nosotros. Él no abandona la Iglesia, baja de la cruz, porque su adhesión a la voluntad de Dios es para siempre». Y sin duda es así. Pero además el camarlengo define el perfil del nuevo obispo de Roma, que debe ser «un hombre espiritual», que tenga «el vigor y el empuje» necesarios «para llevar con mano firme el timón de la Iglesia». Y fija como propósito prioritario que el mundo «sea un lugar más humano, más pacífico, más acogedor con todos, especialmente con los pobres y los últimos». Metas y valores que el Papa Ratzinger representó y abanderó hasta su último día.