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Servicio a España del PSOE

Tiempo de lectura 4 min.

23 de octubre de 2016. 23:39h

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23/10/2016

La resolución adoptada ayer por el Comité Federal del PSOE, el máximo órgano de este partido entre congresos, significa, más allá de la rectificación de un error político, un servicio a España al que no se le deberían regatear los elogios. Se trata de una decisión que, sin duda, no será comprendida en todo su valor por un sector de la militancia socialista, que se ha radicalizado al calor de las consecuencias de la crisis, pero, también, ante los cantos de sirena de un creciente populismo, ducho en ofertas fáciles y maniqueo en sus planteamientos ideológicos. De ahí que la acción política que ha llevado a cabo la gestora que dirige provisionalmente al socialismo español, con especial relevancia en la figura de su presidente, Javier Fernández, haya realizado una labor que no sólo redundará en el mejor beneficio para la nación, sino en la recuperación de la perspectiva de futuro de uno de los partidos fundamentales de nuestra democracia. El PSOE ha desbloqueado la formación de Gobierno, y lo ha hecho desde el convencimiento expreso de que el mantenimiento de la actual situación suponía un grave perjuicio para la credibilidad de nuestro sistema político, para el progreso económico y social de España y, por supuesto, para el propio partido. Pero, también, –y es una cuestión trascendente–, desde el reconocimiento de que en el juego democrático es esencial respetar el resultado de las urnas. El mandato popular por encima de intereses partidarios y personales. Aunque la misma votación realizada ayer en el seno del Comité Federal –en el que se aprobó la abstención del grupo parlamentario en la segunda votación de investidura del candidato popular a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy– demuestra, por lo apretado del resultado, que no va a ser fácil ni rápido cerrar la brecha entre las dos posiciones enfrentadas en el seno del partido, cabe esperar que triunfe la razón y se imponga la cultura política del socialismo español, acuñada a lo largo de más de un siglo, que, salvo excepciones de ingrato recuerdo para España, siempre ha respetado el voto de la mayoría y ha preservado su unidad de acción. Nada más perjudicial para el futuro del PSOE que el enquistamiento de posturas y la sensación de que las espadas siguen en alto, prestas a aprovechar la más mínima oportunidad. De ahí que sea de la mayor importancia que todo el grupo parlamentario socialista cumpla con lo resuelto en las urnas de Ferraz, acepte que se trata de un mandato imperativo que no admite libertad de voto –como se encargó de explicar claramente el presidente de la gestora– y se abstenga unánimemente en la segunda votación de investidura. Las acciones individuales, por más testimoniales que quieran ser, o la rebeldía calculada de una federación no sólo incumplen el principio democrático básico del respeto a la decisión de las urnas, sino que prolongan inútilmente las tensiones internas y dan argumentos y munición a los adversarios directos del PSOE, que no son otros que los nuevos populismos de vieja raigambre marxista. En este sentido, es preciso interpelar al líder de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, sobre en qué legitimidad basa su decisión de no cumplir una resolución votada por mayoría y en la que él mismo ha participado en pie de igualdad con el resto de los miembros del Comité Federal. Menos aún se entiende la postura de Iceta cuando entre las razones de peso que han llevado al máximo órgano del partido a tomar la decisión de facilitar la formación de un Gobierno para España y descartar la celebración de unas terceras elecciones se especifica que estos supuestos comicios «serían perjudiciales para el interés de España y de los españoles, porque se prolongarían durante varios meses más el bloqueo político y la situación de desgobierno, lo que dificulta una respuesta eficaz desde el Estado al desafío secesionista». No es, precisamente, un PSC situado voluntariamente al margen del resto del partido la mejor ayuda que pueden recibir las instituciones para hacer frente al separatismo catalán, siempre atento a explotar en su beneficio las contradicciones de los adversarios. Miquel Iceta tiene la oportunidad de rectificar un error de planteamiento que si responde a cuestiones de afinidad personal carece ya de importancia, pero que si está anclado en un posicionamiento ideológico próximo al nacionalismo sólo puede convertirse en un lastre para el socialismo español, tanto en Cataluña como en el resto de España. De hecho, los malos resultados electorales del PSC –que no deja de caer elección tras elección– aconsejan actitudes menos radicales y maximalistas frente a los partidos del ámbito constitucionalista que las demostradas por el líder catalán. En cualquier caso, el PSOE comienza una nueva andadura que no está exenta de dificultades, pero que, sin duda, le reconciliará con muchos de sus antiguos votantes, que habían dejado de reconocerle como un partido responsable, alejado de extremismos y uno de los protagonistas de la recuperación de la democracia española.

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