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Todo pacto PP/PSOE, sólo tras el 10N

Tiempo de lectura 4 min.

12 de septiembre de 2019. 22:19h

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12/9/2019

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No descubrimos la pólvora si damos cuenta de que en el seno de los populares existe una corriente de opinión de cierta entidad que vería aceptable llegar a un pacto con el PSOE, en clave de abstención, si, como pronostican la mayoría de las encuestas, los resultados de las próximas elecciones vuelven a plantear idéntica situación de bloqueo. No cabe duda de que en ese escenario hipotético, que recuerda al que tuvo que gestionar Mariano Rajoy tras la repetición electoral de diciembre de 2016, se redoblarían las presiones sobre el actual presidente del PP, Pablo Casado, para que favoreciera una salida institucional al país, que, no lo olvidemos, estaría abocado en caso contrario a afrontar un tercer ejercicio sin nuevos Presupuestos Generales. Por supuesto, todo parte de una anomalía política, que no parece que vaya a ser meramente coyuntural, como es que el único partido con declarada vocación de bisagra, Ciudadanos, haya optado por una posición de rechazo frontal a la figura del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, que ciega la exploración de otros caminos. Postura teñida de un indefinible irredentismo, cuya fundamentación no acaba de explicar bien el líder del partido naranja, Albert Rivera, pero que probablemente se mantenga, incluso si la alternativa es un Ejecutivo entregado por fuerza a la izquierda radical y a los nacionalismos. De ahí que, sin entrar en otras consideraciones, entre las que no es menor la probabilidad de un vuelco electoral el 10-N, recaería sobre Pablo Casado el ingrato dilema de facilitar una salida, llamémosla de Estado, al candidato socialista o mantenerse en su legítimo papel opositor. A nuestro juicio, y siempre con la salvedad de que nos hallamos en el campo de las hipótesis y los futuribles, para el conjunto de la sociedad española y, especialmente, para los votantes del centroderecha, sólo sería entendible una abstención del PP si está viene precedida de los necesarios acuerdos y de la aceptación por parte del PSOE de unos compromisos en materia de gestión económica y fiscal, en la línea del pacto de Estabilidad firmado por España con la Comisión Europea. Y aún más, debe ser el propio Pedro Sánchez quien solicite la apertura de negociaciones, desde el rigor mínimo que se puede exigir a quien demanda el apoyo de otro partido de ideología contrapuesta. Es decir, todo lo contrario de lo que hemos visto hacer a Pedro Sánchez desde las elecciones de abril, tiempo en el que ha protagonizado momentos realmente chocantes, casi surrealistas, como cuando en la misma sesión parlamentaria llegó a pedir la abstención de los populares y de Ciudadanos al mismo tiempo que negociaba un Gobierno de coalición con Unidas Podemos. Sólo, pues, desde una rectificación en fondo y forma por parte de la actual dirección del PSOE, podría plantearse un acuerdo creíble. Y aun así, somos conscientes del esfuerzo que se exigiría a Pablo Casado y al conjunto del Partido Popular, por cuanto hablamos del mismo personaje político que no tuvo el menor escrúpulo en tumbar, moción de censura mediante, a Mariano Rajoy con el apoyo de la misma izquierda radical y los mismos partidos separatistas catalanes que, luego, le impedirían no sólo sacar adelante unos Presupuestos, sino gobernar. Pero en cualquier caso, al menos mientras se mantenga la actual fragmentación del voto de centro derecha, las alternativas a un pacto entre los dos grandes partidos que se abren a España son poco halagüeñas: o un Gobierno condicionado por los populismos de izquierda y los nacionalistas, que sería letal para el crecimiento económico, o mantenerse en la inestabilidad de un Ejecutivo débil, mantenido a base de concesiones. Sí, a Pablo Casado se le presenta una papeleta difícil, pero no ajena a su puesto.

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