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Un gran socialista con sentido de Estado

Tiempo de lectura 4 min.

11 de mayo de 2019. 09:30h

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10/5/2019

La muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba supone no sólo la pérdida irremediable de un ser humano, cálido, inteligente y de trato amable, sino la desaparición inesperada de uno de los depositarios fundamentales de la memoria íntima de la Transición y del proceso de consolidación de la democracia española, de la que fue uno de sus arcanos, y que se ha ido con él para siempre. En nada desmerecemos su figura al recalcar que Rubalcaba fue un político socialista hábil, que sirvió a su partido sin reservas, duro polemista y firme a la hora de promover el modelo de sociedad en el que creía –quienes contendieron con él en la reforma Educativa saben de lo que hablamos– y, sin embargo, fue al mismo tiempo unos de esos hombres con sentido de Estado, del patriotismo, que dirían nuestros padres, capaz de poner los intereses generales por encima de los partidarios. Fue, además, una persona íntegra y consecuente, que rechazó las vanidades que acechan a quien lo ha sido casi todo en la vida pública para reintegrarse a su puesto de profesor de Química en la Universidad Complutense. Fue un alejamiento conscientemente buscado de la política activa, por más que siempre estuviera disponible para compartir conocimientos e intuiciones con quienes batallaban en la primera línea. Y no sólo con los correligionarios, que es tarea obligada y agradecida, sino con quienes desde formaciones adversarias, desde la bancada contraria, habían sostenido enfrentamientos de pareceres y cruces dialécticos que se hicieron legendarios. Si Alfredo Pérez Rubalcaba se sumergió en la discreción de sus últimos años fue, no hay que dudarlo, porque creyó que era el mejor servicio que podía hacer a su partido, agitado por las disensiones internas, y a los intereses de la Nación, que enfrentaba el mayor desafío de su historia democrática en el proceso independentista de Cataluña. Como secretario general del PSOE, y candidato a la presidencia del Gobierno, Rubalcaba tuvo que hacer frente al desconcierto en el que se sumió la socialdemocracia española, también la europea, tras el estallido de la crisis financiera internacional. Había sido el ministro con mayor influencia política en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que cargó sobre sus hombros la retirada de la tropas españolas desplegadas en Irak y la gestión de los últimos coletazos del terrorismo etarra, hasta llegar a ocupar la vicepresidencia del Gobierno y su portavocía. Y, luego, se encargó de administrar las consecuencias de la derrota electoral de 2011. Le había sucedido algo parecido cuando Felipe González perdió el Gobierno en 1996, donde él desempeñaba el cargo de ministro de la Presidencia y portavoz. También la fronda interna pretendió arrinconarlo, como parte de una generación que algunos pensaban amortizada. Pero no. Rubalcaba estaba llamado a protagonizar, moderándola, una reconstrucción de la socialdemocracia española que, ya sin él, corre el riesgo de despeñarse en la radicalidad. Por ello, desde estas mismas páginas donde tantas veces y tan profundamente discrepamos de sus planteamientos políticos e ideológicos, creemos preciso invocar el reconocimiento a la memoria de un servidor público, pero, sobre todo, a su manera de entender la práctica política en la que ningún demócrata podía considerarse enemigo, sino sólo adversario. Hace falta volver a la moderación, a los grandes consensos que no entendían de cordones sanitarios, de la etapa en la que Pérez Rubalcaba tuvo un papel fundamental. Es un legado extraordinario para la cultura interna de su partido que alguien debería reivindicar como guía de futuro. Aunque sólo sea porque también es un patrimonio para el porvenir de España y de sus ciudadanos.

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