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Un insulto al Parlamento español

Tiempo de lectura 4 min.

22 de mayo de 2019. 00:16h

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22/5/2019

Hasta ver a los dirigentes independentistas que están siendo juzgados en el Tribunal Supremo lanzando sus soflamas en la sesión constituyente de las Cortes para comprender que España no es la dictadura que ellos venden ante sus fieles. «Desde el compromiso republicano, como preso político y por imperativo legal, sí prometo», dijo Oriol Junqueras, uno de los dirigentes clave del golpe de octubre de 2017. Con esta fórmula acató la Constitución que los días 6 y 7 de septiembre de 2017 liquidó de un plumazo, sometió a consulta desobedeciendo al TC el 1 de octubre y quiso arrojar a la basura el 27. La contradicción de presentarse ahora como «preso político» en una Cámara que ha respetado hasta su derecho a la participación política es tan enorme que tiene todos los ingredientes que han caracterizado a las grandes mentiras políticas que han sido y han constituido lo peor del siglo XX. Nunca nuestra democracia se encontró ante una situación tan disparatada y humillante, la de hacer diputados a los que están siendo procesados por graves delitos contra nuestras instituciones democráticas y asistir, además, a una toma de posesión en la que han insistido en las mismas vulneraciones. Nuestra democracia demostró ayer su fortaleza, aguantando un nuevo envite que no tenía más objetivo que romper las costuras del sistema. El Tribunal Supremo juzga por rebelión a los que se saltaron la Ley, el Congreso ha acreditado a los nuevos diputados hasta que sean suspendidos y ahora se espera que el Ejecutivo tenga la misma firmeza en defensa del Estado de Derecho. Sin embargo, ayer, la sesión constituyente dejó escapar la solemnidad exigible, algo que se presuponía con la presencia de los presos golpistas, pero que la nueva presidenta del Congreso, Meritxel Batet, debería haber reconducido con la dignidad que le exige su rango institucional. Tenía muy preparado el argumentario sobre la sentencia del TC que permite distintas fórmulas de aceptar la Constitución, pero lo que sucedió ayer fue un alegato frontal contra el orden constitucional mismo. Por decoro a la institución que representa debería haber conminado a los independentistas presos a respetar las normas que le permitían estar en la sede de la soberanía popular. Su actitud permisiva hacia los diputados de ERC, JxCat –y la indecente claca de los de Pablo Iglesias– puede achacarse a la inexperiencia o a los nuevos tiempos de «diálogo» que inaugura su nombramiento. Pronto lo veremos. De momento, Batet ha dejado en el aire la celebración de la reunión de la Mesa que deberá tratar la suspensión de los diputados presos. Los bochornosos sucesos vividos requieren una intervención rápida del máximo órgano de la Cámara e impedir que los mayores enemigos que tiene la soberanía nacional en estos momentos sigan deleitándose en su desprecio a nuestras instituciones. El independentismo no tiene más objetivo que liquidar la unidad territorial y, en su perverso victimismo, buscar aliados para una empresa a la que se ha presentado Podemos, el socio principal del nuevo Gobierno. Las Cortes fueron ayer un plató donde se exhibió sin pudor lo que llevan años mostrando en el Parlament y en las calles de Cataluña. Junqueras, el líder que propició la declaración unilateral de independencia del 27 de octubre, consiguió la fotografía que quería: el presidente del Gobierno dándole la mano e intercambiando unas palabras sobre un futuro «diálogo». Lo que sucedió ayer en la Carrera de San Jerónimo de Madrid es difícil de contemplar en otros Parlamentos de democracias que se respetan a sí mismas, de lo que deben estar satisfechos independentistas y los populistas de Iglesias. Esta legislatura tiene muchas tareas por delante, pero una de ellas se ha demostrado prioritaria: impedir que la alianza nacionalpopulista se adueñe del Parlamento.

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