FARC

Una comparecencia histórica

La Razón
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No exageraba un ápice el general Félix Sanz Roldán, que ayer protagonizó el encuentro «LA RAZÓN de...», cuando recalcaba el significado histórico de que un jefe de los servicios secretos hubiera aceptado la invitación de nuestro periódico para hablar de lo que, por definición, debe permanecer en secreto. Pero así fue. Ante un auditorio vinculado en su mayoría al mundo de la política, la empresa, la universidad y la información, el general fue exponiendo de una manera clara y didáctica los arcanos de una profesión demasiadas veces caricaturizada por el cine y la literatura pero que, ayer, en la sala de conferencias de nuestra Casa, dejó ver sus auténticos perfiles. Por supuesto, el secretario de Estado y Jefe del Servicio Nacional de Inteligencia no descendió al detalle de lo concreto, lo que hubiera sido un contrasentido impropio de quien tiene encomendada la seguridad de la nación, pero sí ofreció a los invitados las suficientes claves para comprender cómo, dónde y, sobre todo, por qué trabajan los 3.500 hombres y mujeres que el Estado ha puesto a sus órdenes. Si interesante y reveladora fue su descripción de las principales tareas encomendadas al CNI –desde la protección de los sistemas informáticos hasta la seguridad de las vías de abastecimiento petrolero, pasando por la asistencia a las empresas que operan en el extranjero o la vigilancia de intrusos en los mercados financieros–, si emotivas fueron las imágenes que supo transmitir del día a día de sus hombres y mujeres –impagable el relato de cómo se le dejó el oso de peluche de su infancia en su camastro a una secuestrada cuya moral comenzaba a flaquear–, si clarificadora fue la enumeración de las profesiones de origen de sus agentes –desde una veterinaria a un arqueólogo– y el número de idiomas que se habla en el Centro –32, incluido el árabe clásico y nueve dialectos–, más importante fue a nuestro juicio la exposición de lo que debe ser, de lo que es en suma, un Servicio de Información en una democracia abierta y avanzada como la española. El general Félix Sanz Roldán, con la mera fuerza de su razonamiento, deshizo lo que él mismo tildó de mitos, cuando no de «mentiras crueles», para llevar a un auditorio cada vez más interesado a la realidad de un Centro Nacional de Inteligencia enmarcado en un país democrático, servido por funcionarios de un Estado que garantiza los derechos de sus ciudadanos y que se encuentra sometido siempre y en todas sus acciones a la tutela del Poder Judicial, desempeñada de acuerdo a la Ley por un magistrado del Tribunal Supremo. Ni escuchas ilegales, ni miradas por el ojo de la cerradura de los dormitorios. El secreto, sí, como instrumento de la seguridad, pero sin los fines espurios que la imaginación popular, cuando no la malignidad interesada, atribuye a quienes se dedican, en definitiva, al complejo y difícil mundo del espionaje. Sanz Roldán, ya lo hemos señalado al principio, no descendió a los detalles, pero invitó a que quienes quisieran entender entendieran. Fue con una anécdota sobre el montaje de pruebas falsas contra un partido político sucedida en África. Una práctica que el CNI nunca ha llevado a cabo en España porque su deber es al Estado y a sus ciudadanos, no al Gobierno de turno, a un líder político concreto o a un partido político. Esas cosas son frecuentes, desafortunadamente, en muchos lugares de la Tierra. En nuestro país, el Centro Nacional de Inteligencia, el Servicio Secreto –y citamos las palabras del general Sanz Roldán– es primero servicio y luego secreto. Servicio a los españoles, sin distinción.