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Una guerra que es de toda Europa

Tiempo de lectura 4 min.

15 de noviembre de 2015. 02:29h

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15/11/2015

París vivió la noche del pasado viernes lo que los servicios de Información franceses consideraban el peor escenario terrorista posible:un ataque combinado, llevado a cabo por combatientes entrenados en el campo de batalla sirio y contra varios objetivos simultáneos. Podrá aducirse que las Fuerzas de Seguridad galas, que se hallaban en alerta máxima desde el pasado mes de enero, podrían haber protegido mejor uno de los blancos elegidos por los asesinos, la sala de fiestas Bataclan, que había sido reiteradamente señalada por los islamistas por su vinculación con la comunidad judía y con Israel, pero, en estos momentos, es una consideración que carece de importancia. Lo único cierto es que la capital de Francia, «la Ciudad de la Luz» que ha irradiado los principios de la libertad a todo el mundo occidental, ha sido objeto de una acción de guerra por parte de una entidad política asentada en un amplio territorio, sobre el que ejerce soberanía plena, por más ilegítimo que sea su origen, y que se erige en gobierno de quienes allí habitan. Una entidad, como es notorio, que va mucho más allá de un grupo terrorista al uso, por cuanto dispone de un sistema fiscal propio, de un ejército, de una administración de justicia y de una organización territorial. Es decir, un Estado Islámico – el autodenominado Califato– que ha declarado la guerra a Occidente y que distingue con especial saña a Francia. Ante estas circunstancias, no queda otra opción que responder con la fuerza de las armas, no por una inútil pasión vengativa, sino como expresión del derecho a la legítima defensa que asiste al mundo libre. Porque la matanza execrable provocada por los terroristas del Dáesh en el corazón de París, con el inenarrable horror del asesinato a sangre fría de los rehenes de la sala Bataclan y los ametrallamientos indiscriminados de las pacíficas gentes que disfrutaban de la noche parisina en veladores y terrazas, supone un punto de inflexión en el desafío terrorista, como lo fue el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, con sus trágicas réplicas en Madrid y Londres, que no puede quedar sin respuesta y que, sobre todo, ya no admite planteamientos estratégicos que trasladan la responsabilidad del combate a terceros actores regionales y que no son más que excusas con las que la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea justifican su pasividad. Por supuesto, no es posible obviar que se trata de una guerra que se libra en dos frentes. Un frente interno, en el que se da una razonable colaboración entre las Fuerzas de Seguridad y los Servicios de Información europeos, y que tiene fortalezas, como la eficacia desmostrada hasta ahora por los servicios antiterroristas españoles que han abortado los últimos intentos yihadistas, pero que presenta también debilidades, especialmente en aquellos países, como Francia y Bélgica, donde existen nutridas comunidades islámicas con dificultades de integración y amplios sectores de jóvenes sin perspectivas de futuro, que son el mejor caladero de los terroristas. Prácticamente todos los ataques yihadistas que se han producido en Europa en el último lustro, incluidos los del pasado viernes, los han llevado a cabo musulmanes nacidos y criados en las mismas calles donde, luego, siembran el terror. Jóvenes captados, entrenados y armados por el Dáesh, en una cantera que parece inagotable. Existe consenso en la Unión Europea en la necesidad de reforzar la capacidad de defensa del frente interno mediante el incremento de las medidas de control transfronterizas, intercambio de información sensible, listas compartidas de sospechosos –sólo en Francia, más de tres mil presuntos individuos están fichados por vinculaciones con el islamismo radical– e intensificación de la vigilancia de las redes sociales. Pero, como decíamos al principio, ya no es posible mirar para otro lado cuando se plantea que también existe un frente externo –el territorio donde opera un estado terrorista– al que es imperativo atacar, si se quiere acabar con una lacra que está llenando de luto y dolor a miles de familias, no sólo de Europa, sino de Siria, Irak, Somalia, Afganistán y Egipto. La sola intervención aérea occidental en apoyo de problemáticos, por diversos, aliados regionales, como los kurdos, los yazidíes o el Gobierno chií de Bagdad, se está demostrando ineficaz. Ha llegado el momento de que la Unión Europea, preferiblemente en coordinación con los Estados Unidos, se decida a enviar tropas sobre el terreno que expulsen a los yihadistas de sus baluartes y devuelvan la seguridad a unos ciudadanos que viven en su mayoría en calidad de rehenes. La guerra que se está librando concierne a toda Europa y no sólo a quienes sufren directamente los zarpazos del terror. Nos asiste el derecho de la legítima defensa y nos reclama el deber de acabar con uno de los totalitarismos más crueles que ha dado el siglo XXI.

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