Mirando la calle

Los muertos del whatsapp

«Guardo tantos nombres de muertos en mi teléfono para que continúen respirando ficticiamente gracias a mi memoria»

Tengo el whatsapp lleno de muertos. Algunos permanecen en su puesto de la agenda como vigías impertérritos, aunque sus cenizas volaran hace años, sacudidas por los elogios de sus despedidas publicadas en las redes. Otros se resisten a caer en el olvido y observan mi estupor al recorrer sus nombres y sus rostros inmóviles, encerrados en esas fotos con las que parecieran pretender aferrarse a la vida de los recuerdos.

Me pregunto por qué no los borro, porque conservo sus últimos mensajes, como si esperase uno más, quién sabe si de ese mundo de detrás del espejo de la vida. Y mis propias respuestas son extrañas. Los mantengo «vivos», por no matarlos.

Dejo sus nombres en el listado por respeto, por ese cariño antiguo que no quiero que expire como lo hicieron ellos. Por no olvidar las risas y llantos compartidos, las travesuras, las glorias, los fracasos y hasta los enfados, ni tampoco sus obras que casi nunca trascienden, pese a sus maravillas. Ojalá creyera y pudiese despedirlos con una plegaria y la casi certeza de volver a verlos en algún recodo de la eternidad. Seguro que así me sería más fácil sacarlos de mi teléfono, con ese gesto displicente con el que los candidatos a amantes despachan a los que no les interesan en las aplicaciones de citas.

Un deslizar de dedo y adiós para siempre. Ese adiós que en realidad dije hace días, meses e incluso años y que no me atrevo a concretar del todo, como si por dejarlo inacabado, pudiera convertirlo en hasta luego. Todos ellos me obligan a aceptar que yo también, cualquier día, próximo o lejano, acabaré en la nada que tanto aterra por ser el lugar en que no nos alcanzan los afectos de aquellos a los que amamos.

Tal vez guardo tantos nombres de muertos en mi teléfono para que continúen respirando ficticiamente gracias a mi memoria, que no es más que un espacio construido con mi amor. Y los dejo así para que no me falte el suyo, aunque tenga que reinventarlo en las mañanas de nostalgia pronunciando sus nombres en voz alta: Paloma, Fernando, Rosa, Ricardo, Javier…