Quisicosas

Oppenheimer en Japón

Apenas alude a la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki y reduce el drama a la carrera y ambición profesionales de Robert Oppenheimer

Cinco globos de oro se ha llevado la película «Oppenheimer», sobre el creador de la bomba atómica, y una no acaba de entender. Al biopic de Christopher Nolan le sobra una hora de metraje (de tres) y sólo los obsesos de la física nuclear o de la caza de brujas de McCarthy pueden quedar satisfechos. Desde luego, está muy lejos de otras cintas con cinco globos, como «Doctor Zhivago» o «El Padrino», o incluso seis, como «Alguien voló sobre el nido del cuco» o «Expreso de Medianoche». Una gran creación es algo más que buenas interpretaciones, una filmación bella en blanco y negro o una música excepcional. Requiere ritmo, por ejemplo.

En Japón, la película ha estado a punto de prohibirse, porque apenas alude a la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki y reduce el drama a la carrera y ambición profesionales de Robert Oppenheimer, como si crear un artefacto de destrucción masiva equivaliese a descubrir la penicilina. Conviene no olvidar que la pasión de un científico puede ser el instrumento que utilice el poder.

Es verdad que esta pasión es un tema en sí. De hecho, Oppenheimer viajó en 1960 al Japón para impartir conferencias técnicas que fueron seguidas multitudinariamente por estudiantes y profesores japoneses. Les interesaba su trabajo. La matanza provocada por las bombas, apenas fue objeto de una par de preguntas periodísticas a la entrada de sus charlas. La fisión del átomo fascinaba incluso a las víctimas y la guerra fría era una preocupación sobre la que él podía hablar con autoridad.

El ejemplo más cualificado es el de Takashi Nagai, el radiólogo del Hospital Universitario de Nagasaki que lo perdió todo en la tragedia –carrera, documentos de largos años de investigación sobre la tuberculosis pulmonar, casa familiar y esposa– y que, apenas fue lanzado contra el suelo por la explosión, tras comprobar que el cristal de la ventana había sido barrido como una hoja y que fuera no quedaba nada, tan sólo la roca desnuda del monte Inasa y la superficie arrasada de lo que había sido una ciudad junto a su puerto, reflexionó por un instante, con admiración científica: «¡Lo han conseguido! Han logrado la fisión del átomo...»

Takashi murió, víctima de la leucemia, en 1951, nueve años antes de que Oppenheimer visitase su país, pero estoy segura de que hubiese ido a escucharlo. Amó su profesión con locura, lo dio todo por los enfermos y luchó con denuedo para que su país se asimilase al nivel de desarrollo científico de Europa y Estados Unidos. Mi única duda es si Oppenheimer, del que ahora se discute si era más patriota que socialista o más socialista que patriota, tenía ese mismo amor por la verdad.