El canto del cuco

Perdido en su laberinto

Con tanta inseguridad interior, está en juego su continuidad al frente del Gobierno y su sucesión en el PSOE

Después de la profunda crisis psicológica padecida y de «los cinco días más difíciles» de su vida política, en los que, según ha revelado, estuvo a punto de arrojar la toalla, Pedro Sánchez sigue perdido en su laberinto o, usando una imagen más acorde con su metáfora preferida, hundido en el fango. Encuentra ayuda y comprensión en los medios de comunicación amigos, y busca refugio en Cataluña, pero se ve que no está repuesto del todo. Sigue obsesionado con la suerte judicial de su mujer y la repercusión pública del caso, para él y para ella. Califica persistentemente de bulo cualquier noticia que ponga en duda la acrisolada honorabilidad de Begoña Gómez, su amada esposa. Se manifiesta hipersensible como si le rozaran una herida abierta. Esto es humanamente comprensible; pero no lo es tanto su tardanza en acudir a las Cortes a aclararlo todo de una vez, desmintiendo los bulos con datos irrefutables y, si es preciso, anunciando acciones legales contra los que considera propagadores del fango contra él y su familia.

Nada indica, en resumidas cuentas, que el presidente del Gobierno se haya repuesto de la grave depresión sufrida, ni hay seguridad de que no vuelva a agudizarse su crisis personal en cualquier momento. A juzgar por su demostrada inestabilidad emocional, este es más un terreno para psicólogos o para psiquiatras. Parece, según ha dicho, que lo que le animó a seguir fue el apoyo público de la militancia. A estas horas ya se habrá dado cuenta de que fue un respaldo muy minoritario y, en gran manera, interesado o fanático. Lo que pasó aquel día, en torno a la sede de Ferraz, tuvo más de esperpento que de verdadero fervor popular. Destacados representantes del PSOE auténtico están muy preocupados. Su prestigio en Europa ha caído en picado. El mes que viene, en las elecciones europeas, va a comprobar con datos indiscutibles el apoyo político con que cuenta después de su teatral espantada.

Con tanta inseguridad interior, está en juego su continuidad al frente del Gobierno y su sucesión en el PSOE. Este vacío se percibió con todo dramatismo durante los días de su extraño encierro. Sánchez no sólo no ha pensado en su sucesión sino que ha procurado, con su demostrada actitud cesarista, que no emerja dentro nadie con capacidad de liderazgo. Ha colocado a su alrededor, para que no le hagan sombra, a personajes inconsistentes. «No ha llegado el momento de mi sucesión», ha dicho para salir del paso; pero es posible que ese momento esté más cerca de lo que él piensa.