Con su permiso

Lo que enseñan los caballos

La que se vive estos días y barre el norte haciendo volar hasta los tejados, se le antoja una metáfora de lo que nos está trayendo la cosa pública en tiempos ventosos de tomas de posición

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IlustraciónPlatónLa Razón

Esther bandea el temporal como Sánchez la gobernanza, a fuerza de consistencia y, como aprende de los caballos, posicionarse según sopla el viento. Cuando en Asturias aprieta el gallego, que viene de Occidente, vigoroso e imparable, sus caballos lo reciben con las ancas, protegiendo el rostro sensible con el resto del cuerpo. Se ponen de culo, vamos; y así pasa por ellos el viento y el agua que arrastra el vendaval sin apenas dejar huella en zonas más delicadas.

La que se vive estos días y barre el norte haciendo volar hasta los tejados, se le antoja una metáfora de lo que nos está trayendo la cosa pública en tiempos ventosos de tomas de posición y apresuradas exposiciones de argumentario hecho a medida. Las elecciones levantaron un viento de cambio que la torpeza de los navegantes que lo tenían a favor consiguió amainar con el lastre de los apresurados y tempranos acuerdos con los que estaban a su derecha: calcularon mal, no supieron escuchar el aire ni oler de dónde venía y les derribó sin miramientos. Aprovechó el superviviente del otro bando el espacio libre, se colocó con la sabiduría que ha conseguido ir puliendo con los años y ahora se dispone a volver a los verdes prados con la compañía de los últimos años y el añadido que trajo el viento, como esas ramas que ruedan en el vendaval y si uno anda listo las pilla y alimentan su hoguera.

Sánchez ha sabido ponerse, se ha colocado exactamente en la posición de ventaja, contra el viento y procurando preservar sus zonas sensibles. O sea, alimentando nuevas expectativas de cambio y progreso con anuncios nuevos y nuevos compromisos. Que valen lo que valen los de Sánchez, pero que su tribu y admiradores le compran con el entusiasmo y la entrega con que los caballos siguen al líder porque es el que sabe dónde están en agua y la comida.

Esther contempla sus caballos. Viven libres en el prado. Se organizan con meticulosidad y disciplina. Saben quién manda y se distribuyen los papeles. Sonríe. Acaso el político superviviente haya aprendido que en el grupo –no dirá manada no vaya a ser que le señalen connotaciones indeseadas– no lidera el más fuerte, ni siquiera el más inteligente, sino el que descifra los mapas que dan de comer a todos.

Esa es la clave; ahí está el poder.

Pero quizá no sea lo mismo. Quizá la metáfora no se ajuste a una realidad mucho más compleja que la plácida vida en semilibertad de sus caballos.

Arrecia el temporal. Vuelve a soplar con fuerza el gallego y los animales deciden buscar refugio en la tejavana donde se guardan los aperos. Les guía el líder. La líder, en ese caso, que es una yegua brava y de carácter (eso también ayuda a liderar incluso entre ellos, desde luego).

En ese reparto de papeles, su manada –aquí si lo admitiremos– no discrimina por sexos. En todo caso lo hará por edad y salud, pero un macho o una hembra pueden perfectamente estar al mando. De hecho, lo natural en esa especie –sigue Esther pensando en caballos– es que sean las hembras las que dirigen, organizan y disciplinan los grupos.

También en eso pueden dar lecciones.

Le llegan a Esther los ecos de una noticia que acaba de ver en la televisión. Habla de un libro sobre una mujer, un relato que pone en valor a mujeres que buscaron la independencia en tiempos difíciles, o que la ejercieron sin saber que estaban abriendo puertas de futuro para un camino difícil en un mundo de hombres: «pasar en silencio, pero abriendo surcos». Habla de revoluciones y guerras en las que ellas casi siempre fueron y serán las víctimas; y lo hace también de lucha por la igualdad y la justicia por hombres que no la ejercían en su propia casa. Hay en sus páginas una aventura personal intensa y sorprendente, entreverada por una historia de amor que ilumina el camino de la protagonista casi hasta el final, en que un diálogo imposible entre las dos Españas da idea de la dificultad de cualquier reencuentro en política. Se llama «Melina», como el personaje principal. Y al parecer tiene mucho de historia personal de la familia de quien la escribe.

Contempla desde lejos cómo sus caballos vuelven a salir en cuanto el temporal, que arreció en los últimos minutos, suaviza sus filos. Asoma el sol con timidez de niño sobre las nubes de la sierra. Los animales vuelven a asentarse en el prado, a su afán de seguir repasando la hierba, ahora más fresca, húmeda, y lo hacen sin perder la concentración en que, aunque rebaje su vigor, el gallego sigue presente y su posición no puede ser otra que plantarle cuartos traseros. Avanzar, sí, pero sin que afecte más de lo que debe.

La tele cuenta cómo los de Puigdemont retrasan a la semana que viene su decisión sobre la investidura. Pero no hay cambios. No los habrá. Juegan al misterio, pero es comedia. Los que esperan mantendrán su posición. Y sus intereses comunes –gobierno, impunidad– seguirán presentes y soplando a favor.