Tribuna

Roma, Júpiter, Galileo y mi terraza romana

Cualquier terraza romana en una noche de verano clara y sin luna, a ser posible con Júpiter refulgiendo como una llamada que convoca a levantar el vuelo hacia las estrellas. Y con la cercana y tenue presencia de cúpulas y torreones, que evocan la presencia de Galileo y de su insobornable amor a la verdad y a la Iglesia.

Roma, Júpiter, Galileo y mi terraza romana
Roma, Júpiter, Galileo y mi terraza romanaRaúlRaúl

Agosto y las vacaciones suelen producir cierta modorra intelectual que me dificulta afrontar tareas sesudas. Apetece más centrarse en aspectos más amables, como los buenos recuerdos que conservo de mi estancia en Roma. Por ejemplo, la dulzura de sus noches al principio del verano. La noche de Roma es la más serena que he visto entre las ciudades que conozco. El esplendor del entorno parece haber impresionado a sucesivas generaciones de ediles, que no se han atrevido a mancillar la discreta luz que emana de sus faroles con la agresividad injuriosa de las iluminaciones modernas.

Como consecuencia en Roma, desde los lugares altos, como mi terraza, se puede disfrutar de un paisaje nocturno amable, tenue, sosegado y lleno de una belleza diferente. Dibujada con contornos poco definidos y siluetas majestuosamente ensambladas. Además, en las noches claras, se pueden ver las estrellas.

Merece la pena seguir su marcha durante el año. Ver a Orión deslizarse cada noche en un descenso imperceptible hacia su oculto destino en el verano. Acompañar el recorrido de los refulgentes planetas hasta su particular ocaso. Y disfrutar de la sensación de que encierran un misterio provocador y excitante. En Roma este misterio se ha transformado casi siempre en búsqueda, en reto, en desafío.

Aquí se han desarrollado algunas de las más complejas batallas que los hombres han librado contra las fábulas, los embaucadores y el propio miedo. No es extraño pues, que por aquí hayan pasado estilos, rebeliones y debates. También muchos de los genios que han provocado a los humanos en la búsqueda de esa verdad tan necesaria como huidiza.

Por la noche el paisaje nocturno se llena de cúpulas y contornos imprecisos. Destaca la torre, no muy agraciada, del Colegio Romano, donde los jesuitas instalaron su prestigioso observatorio astronómico. En Roma Galileo descubrió las lunas de Júpiter, paso de gigante para entender finalmente la estructura del Sistema Solar. Su descubrimiento abrió un debate decisivo, que ilustra la tensión positiva que en esta ciudad se ha vivido entre la búsqueda incesante y la verdad necesaria. La metedura de pata final de la Iglesia no solo no acalló el debate. Hizo más evidente la necesidad de llenar de razones y argumentos la búsqueda de los horizontes prometidos por el Misterio que alimenta nuestra esperanza.

Galileo no solo dijo «eppur si muove». También dijo «prefiero vivir equivocado dentro de la Iglesia, que acertado fuera de ella». Tremenda manifestación de humildad, que enaltece su genio. Una gran parte de los fieles de la Iglesia aceptó a regañadientes la estúpida sentencia del tribunal de la Inquisición. Prueba de ello es la simpática escultura del elefante de Bernini, que transporta un obelisco egipcio del Faraón Apries, de tres mil años de edad. El animalito dirige su trasero desafiante hacia el palacio de la inquisición, como símbolo del desprecio del profundamente religioso escultor por aquella absurda decisión.

El ejemplo no es excepcional. Desde los enfrentamientos filosóficos, jurídicos y sociopolíticos que tuvieron aquí lugar en la época romana, pasando por la lucha de los mártires por el reconocimiento de la libertad, hasta los debates del renacimiento y el barroco. Roma ha vivido esa permanente tensión tanto cultural como moral, que se evidencia en las escuelas, las tradiciones y los estilos. Que se vivió en la edad media buscando el equilibrio entre el poder civil y la autoridad religiosa (uno de los fundamentos de nuestra civilización). Que se evidenció en el combate para librar a los hombres de la tiranía de las supersticiones. Y que puede seguirse en su reflejo en los monumentos y las obras de arte. Dan testimonio de que el conflicto entre la fe y la razón ha sido, y sigue siendo, un poderoso estímulo para que la una y la otra fecunden el camino de los hombres que buscan con sincero corazón.

Por si viajan ustedes a Roma, les brindo algunas referencias monumentales que ilustran la tensión descrita. Todas fácilmente visitables.

1.- El calendario solar (que no reloj) que embellece la Iglesia de Santa María de los Ángeles y los Mártires. Una línea en el pavimento en la que la belleza de los símbolos que la decoran evidencia el interés por el significado del tiempo y es, a su vez, un prodigio astronómico.

2.- El sepulcro del Papa Silvestre II en Letrán, cuyos huesos resuenan al parecer ante las catástrofes. El buen Gerberto de Aurillac, medio francés y medio español. Fue el genio que importó a Europa el 0 y el sistema decimal, entre otras cosas. Y despreció sabiamente la superstición de que el apocalipsis sería en el año 1000.

3.- El Colegio Romano de la Compañía de Jesús con el observatorio astronómico. Allí se debatieron cuestiones fundamentales para el progreso de lo humano: La libertad de los indios, los límites del poder político (contra el despotismo ilustrado), las relaciones con el liberalismo y con la ilustración,...

4.- Los focos de la elipse que delinea la columnata de Bernini ante el Vaticano. Un símbolo de convivencia entre las matemáticas, herramienta de la razón y la belleza construida sobre la fe.

5.- Cualquier terraza romana en una noche de verano clara y sin luna, a ser posible con Júpiter refulgiendo como una llamada que convoca a levantar el vuelo hacia las estrellas. Y con la cercana y tenue presencia de cúpulas y torreones, que evocan la presencia de Galileo y de su insobornable amor a la verdad y a la Iglesia.

Antonio Flores Lorenzoes ingeniero agrónomo, historiador y antiguo representante de España en la FAO